Archidiócesis de Valladolid

Blanca Casado se consagra en el Orden de las Vírgenes en la Catedral de Valladolid

2 de febrero de 2026


A Blanca Casado, enfermera de profesión, Dios le “estaba pidiendo un compromiso más serio con la Iglesia”. Por eso, cuando el Arzobispo la llamó el pasado 31 de enero para que se acercara a su cátedra —”Ven, hija”— ésta no dudó. “Aquí estoy, Señor, tú me has llamado”, anunció. Y cuando fue cuestionada públicamente acerca de si quería “perseverar todos los días” de su vida “en el santo propósito de la virginidad al servicio de Dios y de la Iglesia”, si quería “caminar por la senda de los consejos que Cristo propone en el Evangelio, de tal forma que tu vida sea ante el mundo un claro testimonio de amor y un signo manifiesto del Reino futuro” y si quería, en definitiva, “ser consagrada a Nuestro Señor Jesucristo y, ante la Iglesia (Católica), ser desposada con el Hijo del Dios Altísimo”, Blanca respondió con la firmeza de quien se ha preguntado para quién es y ha discernido su vocación: “Sí, quiero”.

De blanco pureza compareció Blanca en la Santa Iglesia Metropolitana Catedral de Valladolid, donde estuvo representado un pedacito del Valle del Esgueva tanto en las ofrendas como a través de la presencia de su párroco, diácono y los feligreses junto a los que camina Casado desde hace tiempo en distintas encomiendas diocesanas, para este desposorio místico en el que recibió el velo —también blanco—, el anillo y el libro de la Liturgia de las Horas antes de firmar las actas de su consagración y su ingreso en el ‘Ordo Virginum’ (del latín, Orden de las Vírgenes) y confirmar, así, su entrega “en cuerpo y alma” al Señor. Entrega por la que la Iglesia vallisoletana dio las “gracias” y entonó las Letanías, cantadas por José Andrés Cabrerizo, párroco de Santa Clara de Asís y San Pedro Apóstol, que ejerció como maestro liturgista en la solemne celebración de un rito que, aunque moderno, responde a una vocación, la de las vírgenes consagradas, cuyos orígenes son tan primitivos como su Iglesia.

El Orden de las Vírgenes, como se explicó al comienzo de la celebración en la Seo vallisoletana, está formado por apenas un puñado de mujeres en Valladolid, mujeres que, “seducidas” por Cristo, “se entregan totalmente a él en virginidad” y “al servicio de la Iglesia”.

Amor, gracia y caridad

Durante su homilía, el Arzobispo de Valladolid, monseñor Luis Argüello, invitó a todos “a vivir como un pueblo que se ofrece, que se entrega, que ensaya el vivir el amor de Jesús”. Un amor que “es gracia” y “una caridad que renueva las posibilidades de amor”. Unas posibilidades que “están en nosotros”, reconoció el prelado, pero que adquieren “una dimensión nueva” a través del Bautismo, puntualizó.

“Nuestro cuerpo esponsal”, reflexionó monseñor Argüello, “está hecho para la entrega mutua”. Una condición que “todos estamos llamados a vivir”. También aquellos que viven esa esponsalidad desde la virginidad, como Blanca, lo que implica al mismo tiempo “una renuncia”, significó el Arzobispo, pero también “entrar en una nueva relación con Jesús” desde “el afecto espiritual y el amor, según el Espíritu”.

“Tú, Blanca”, afirmó dirigiéndose a ella el Arzobispo, “vas a ser un signo de esta forma de amar a Jesús, de amar a Dios, de abandonarte en sus brazos para, desde ahí, poder vivir una relación nueva con los demás en la que la fraternidad, la renuncia a toda manera de amor posesivo y la apertura de tu mismo amor subraye la fraternidad que nos une y nos abraza a todos”.