Para comprender bien la convocatoria de nuestra Asamblea Diocesana y de su lema, ‘Sal y anuncia la alegría, en comunión’, hemos de pararnos a pensar un momento sobre la alegría como experiencia nueva y genuina de la Historia Santa narrada en las Escrituras, especialmente en el Nuevo Testamento.
Hoy la experiencia de la alegría, también conocida como gozo, puede confundirse con otras experiencias humanas: el placer, la fiesta o la felicidad. Pero la diferencia es de raíz, no de grado o intensidad; no se trata simplemente de experiencias más o menos intensas, sobrenaturales o mundanas, sino de una estructura y dinamismo distintos.
El placer es la categoría más básica. Se trata de una sensación agradable como respuesta de nuestros sentidos a una experiencia inmediata y particular. Es pasivo, puntual, cuasi instintivo y lo comparten los animales. Acompaña a la actividad, pero no la constituye. Está emparentado con “pasárselo bien” o “diversión”, que añade intencionalidad recreativa, búsqueda activa del estímulo, pero sigue dependiendo de lo externo: cuando cesa el estímulo, cesa el estado. Es evasión, descanso del esfuerzo, no fin en sí mismo. A veces, produce otros cansancios o consecuencias adictivas.
La felicidad (eudaimonía aristotélica) es otra cosa: no un estado puntual, sino la forma que va desarrollando una vida entera vivida conforme a la virtud. No se “siente” como el placer. Requiere tiempo, coherencia, ejercicio de las virtudes. La eudaimonía es actividad del alma conforme a virtud a lo largo de una vida completa. No se puede llamar plenamente feliz a nadie antes de que muera, porque la fortuna aún puede deshacerlo todo. En nuestra experiencia vital experimentamos destellos de felicidad. Depende de bienes externos que se consiguen o experimentan. Su dinamismo va de fuera a dentro, y el sujeto debe cultivarla mediante hábito y prudencia; es vulnerable a la desgracia, a la ausencia de recompensa y a la falta de virtudes en los que nos rodean o de armonía en nuestras relaciones y en la situación económica o social. El mundo moderno la ha degradado al vincularla al poder autónomo y los bienes de consumo, acercándola peligrosamente a la búsqueda adictiva del placer.
La fiesta puede quedarse en mera diversión organizada, reducida a “ocio organizado”, “las fiestas”, desde el fin de semana o las fiestas celebradas con diversos motivos a lo largo del año. Pero no hemos de olvidar su sentido más hondo. La fiesta auténtica no es evasión, sino afirmación de nuestro ser y estar en el mundo, de nuestra condición de familia y de pueblo. Por eso la fiesta genuina siempre remite, aunque sea veladamente, al culto con sus rituales. Hoy muchas de las fiestas que celebramos están llenas de ritos. Más aún, la sociedad secularizada nos reclama rituales religiosos que justifiquen las fiestas o sean como el descorche de la botella de espumoso que inaugura la fiesta correspondiente.
La alegría es don acogido, no esfuerzo logrado. No es fruto de la propia actividad virtuosa, sino “fruto del Espíritu” (Gál 5,22), se recibe, no se conquista. La alegría cristiana puede coexistir con el dolor porque no depende de que las circunstancias vayan bien, sino de una comunión que las precede y las sostiene. Por eso Pablo VI, en ‘Gaudete in Domino’, la opone explícitamente a la búsqueda moderna de placer sin freno: la sociedad del consumo multiplica diversiones precisamente porque ha perdido la alegría. Es compatible con la tribulación, no solo pese a ella, sino a veces, por ella.
“Nos gloriamos en las tribulaciones” (Rom 5,3); “Tenedlo por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Sant 1,2); Pablo escribe desde la cárcel la Carta a los Filipenses, la carta más gozosa del corpus paulino, y convoca a la alegría. Juan (16, 20-22) usa la imagen del parto, el gozo no cancela el dolor, sino que nace atravesándolo, y es un gozo “que nadie os quitará”, no porque esté asegurado por la fortuna o por el comportamiento de los demás, sino porque su fundamento es de otro orden. No es un bien que se posee en solitario perfeccionándose a sí mismo, sino uno que se recibe, se comparte y se desarrolla en la entrega. La alegría pascual compartida da origen a la fiesta que nos afirma como hijos redimidos, pueblo congregado y sostenido, anticipando la meta donde la alegría será júbilo desbordante, una fiesta que no acaba.
El gozo evangélico no depende de la actividad del sujeto, sino de su relación con una Presencia. El caso de Juan el Bautista, que saltó de alegría en el vientre de Isabel es la expresión máxima del significado de la alegría, experiencia radicalmente distinta del placer y de la felicidad. Es un gozo cristológicamente desencadenado, no autoproducido, ni resultado de bienes u honores conquistados. Juan salta porque la salutación de María, portadora de Cristo, llega a Isabel. El gozo no tiene como objeto un estado propio, sino una presencia ajena y trascendente. Esto radicaliza la llamada de Pablo: “gozaos en el Señor” (Flp 4,4). Aquí el “en el Señor” no es fórmula piadosa, sino descripción literal de la causa. Saltad de gozo en el encuentro con Jesús y en la persecución: “Alegraos y saltad de gozo”, dice Jesús en las bienaventuranzas (Lc 6, 22-23).
Esta alegría nos moviliza y nos hace saltar para salir y anunciarla, en comunión con su manantial, el Dios Comunión y con el pueblo de testigos alegres que viven la Fiesta del Señor y de la Iglesia cada Domingo, en medio de la fragilidad y las tribulaciones, hasta que Él vuelva y nos convoque al júbilo desbordante.