En estos primeros días de abril del año 2026 celebramos el Triduo Pascual. La Iglesia, desde el siglo IV, viene dedicando todos los años, en el discurrir del año litúrgico, tres días para profundizar en el misterio central de nuestra fe y ayudar a descubrir lo que el pueblo de Dios celebra cada Domingo.
En los primeros siglos, la Iglesia vive con una fuerza tal el acontecimiento pascual que podríamos decir que sus encuentros, el partir el pan, el rezar juntos el Padre nuestro, los viven con una connaturalidad pascual extraordinaria, más aún en tiempos de persecución y de gran expansión misionera del Evangelio. Cuando, a partir del siglo IV, la situación de la Iglesia cambia, hay masas de población que se hacen cristianas y se hace necesario explicar, profundizar en el significado de la Pascua, en el valor del Domingo. Y así despliega, podríamos decir, en el Triduo Pascual todo lo que el Domingo significa, todo lo que la Eucaristía celebra.
Todo comienza en la tarde del jueves; en la manera de medir el tiempo judíos y también la liturgia cristiana supone ya el inicio del día siguiente. Pues bien, en la tarde del jueves —Jueves Santo, decimos nosotros ahora— se celebra la ‘Misa in coena domini’, la Misa en la cena del Señor. Ponemos los ojos en el cenáculo, en la cena donde el Señor parte el pan y lava los pies, donde en estos gestos se está anunciando lo que va a ocurrir el viernes, la entrega del cuerpo de Cristo, la sangre que se derrama y, con ello, el sello de una alianza nueva y eterna. La Iglesia celebra con gran solemnidad la Eucaristía del Jueves Santo. Cae en la cuenta de que, en este día, además de instituirse la Eucaristía, los gestos eucarísticos de la entrega y del servicio desmedido, de partir el pan a Judas, que le traicionará, y de lavar los pies a Pedro, que le negará, anticipan la cruz. Judas va a hacer de la traición causa de su muerte, Pedro va a hacer de la negación reconocida el acontecimiento que va a transformar definitivamente su vida. En estos gestos se pregona y se anuncia lo que vamos a vivir a lo largo de viernes, sábado y domingo. En la noche del jueves la Iglesia quiere estar junto a su Señor, diciendo: “Padre, que no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres; aparta de mí este cáliz, pero hágase tu voluntad”.
El viernes nos recuerda que el altar de la Eucaristía es una cruz convertida en mesa y así miramos a la cruz. No se celebra la Eucaristía ni viernes ni sábado porque, en realidad, está desplegándose todo lo que la Eucaristía significa. La Eucaristía es sacrificio y, por eso, el viernes miramos al sacrificio de Cristo que entrega su vida sacerdotalmente en la cruz. El cauce de la entrega de la vida es una condena ignominiosa, es una ejecución terrible en aquel madero reservado para los criminales. Pero allí mismo, los acontecimientos cósmicos e históricos están diciéndonos que algo extraordinario está ocurriendo, que verdaderamente el que muere en la cruz es el hijo de Dios. Además, la lanza abre su costado del que manan ya para la eternidad agua de Bautismo y sangre de Eucaristía. De ese costado, además, sale el último aliento de Jesucristo, Espíritu Santo, que va a asistir el caminar de la Iglesia a lo largo de los siglos. El Espíritu interviene en la Eucaristía, transformando el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús y transformándonos a nosotros, asamblea que participamos en la Eucaristía, en cuerpo y pueblo, en víctima y ofrenda.
El Sábado Santo es el “sábado del tiempo”, el sábado de la espera y de la esperanza. Es el día para pasar por el corazón, como María, todo lo que estamos viviendo y celebrando. El sábado nos sitúa en esta aclamación central de la plegaria eucarística: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”, para comprender mejor el significado del Domingo y de la Eucaristía. Si en el primer Sábado Santo la espera es la de la Resurrección de Jesús, ahora, al vivir el Triduo Pascual, celebrar el Domingo y concentrar en la Eucaristía todo el acontecimiento salvador, nos situamos en la expectativa de la segunda venida del Señor, afirmando ya su presencia, pudiendo escuchar su palabra y comulgar su Cuerpo; sabiéndonos ya su pueblo, pero también sabiéndonos peregrinos que vamos preparando el camino al Señor para que llegue, para que regrese y establezca definitivamente la justicia y la paz, la plenitud de la vida.
El sábado en la noche, cuando ya es domingo, aunque hayamos de hacer la travesía de toda la noche en oración, el Señor resucita. Es la Vigilia Pascual, relato de toda la historia santa, el cirio que se enciende, agua que se bendice, mesa que se coloca de nuevo. La Iglesia, llena de alegría, tocando las campanas, cantando el Gloria y clamando Aleluya, canta a todo el que quiera escuchar: Aleluya, Jesucristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado y camina delante de nosotros, en medio y detrás para acompañarnos como pueblo santo. Comienza el domingo el Día del Señor, el Día de la Eucaristía, el Día de la Iglesia, el Día de la Humanidad y de la Creación Nueva. En tantos y tantos de nuestros pueblos y ciudades el Señor Resucitado se encuentra con María, se encuentra con la Iglesia, para que se quite el velo de tristeza y se vista de la alegría de la Pascua y quiera comunicárselo a otros.
Estas jornadas, el jueves en el que la cena anuncia, el viernes en el que ponemos la cruz, el sábado en el que esperamos entre la duda y la esperanza, y el domingo, en el que ya en la noche aclamamos la victoria de Jesucristo sobre el pecado y sobre la muerte, nos ayudan a comprender que somos el pueblo del Domingo y que la Eucaristía es el sacramento de nuestra fe.
¡Feliz Pascua, queridos hermanos!