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El domingo después de Reyes celebramos el Bautismo de Jesús en el río Jordán. Es tradición que muchos peregrinos regresen de Tierra Santa portando una botella de agua de aquel río, para bautizar a sus hijos o a sus nietos. Una buena ocasión para que dediquemos el artículo presente a reflexionar sobre el sentido teológico de la práctica del bautismo de los niños, cuestionado por algunos por considerar que no es lo genuino del Evangelio, ni de las primeras comunidades cristianas.
El Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1250-1252) es suficientemente claro: “... los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños […] La practica de bautizar a los niños pequeños está atestiguada […] desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando "familias" enteras recibieron el Bautismo (cf Hch 16, 33; 18, 8; I Co 1, 16)”.
Ya sabemos que la gracia de Dios tiene muchos cauces, y no se limita al conducto de los sacramentos. El mismo Catecismo (nº 1261) afirma: "En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina […] En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños […] nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo".
Cristianismo light
Me parece que el verdadero motivo de la incomprensión del bautismo de los niños en nuestros días es la reducción del cristianismo a un mero humanismo. El problema de fondo es el olvido del misterio bíblico de la Redención. Parece como si el único cometido de la misión de Jesús hubiese sido una vaga “humanización”, trasmitiendo unos valores solidarios hacia el prójimo. La “salvación” quedaría reducida al buen ejemplo que Jesucristo nos dio, y que ahora ha de ser secundado por nuestra parte en una elección libre, madura y consciente.
Según esto, como el niño no puede realizar actos maduros y libres, no puede tener acceso a la gracia de Cristo. Sin embargo, ante planteamientos similares en su tiempo, san Agustín clamaba: Habéis reducido la gracia de Cristo al ejemplo de su vida, olvidando que lo principal es el don de su persona. Y eso sí lo puede recibir un niño.
¿Obra del hombre o de Cristo?
Por desgracia, esta falta de perspectiva de fe, se extiende a otros sacramentos. En nuestros días es frecuente que el sacramento de la Confirmación sea presentado como un “decir un SÍ responsable al bautismo que nuestros padres nos dieron”. Sin embargo, no es nuestro “sí” la esencia del sacramento. No podemos olvidar que lo central es el don del Espíritu Santo. Más que una declaración de nuestra madurez en la fe, se trata de una petición, que tiene eficacia sacramental, del don del Espíritu Santo para que esa firmeza en la fe pueda ser posible.
Es verdad también que todos los sacramentos requieren de alguna forma nuestra aceptación personal del don de Dios. Así, por ejemplo, el sacramento de la penitencia exige el arrepentimiento, etc. Sin embargo, cuando en algunas circunstancias no es posible un “sí” consciente de quien lo recibe -caso del bautismo de los niños o de la unción de enfermos a quien está en coma-, la Iglesia no prescinde del sacramento, sino que lo apoya en la afirmación de fe de los padres y padrinos –promesas bautismales- o celebra el sacramento bajo condición de la apertura a la gracia de quien lo recibe –sacramento de la unción in extremis-. A pesar de todo ello, por muy importante que sea nuestra libertad y consciencia en la recepción de los sacramentos, es necesario recordar que el don de Dios nos precede y que supera nuestras expectativas.
Signos de los tiempos
De la misma manera que, afortunadamente, hoy en día existe una sensibilidad muy desarrollada para denunciar la manipulación de los sacramentos como simples actos de sociedad, así también debemos de estar vigilantes ante la tendencia a reducirlos a meros procesos de acompañamiento y afirmación de la madurez en la fe del cristiano, dejando en el olvido el misterio de la Redención gratuita por el que hemos sido liberados del pecado y de sus consecuencias eternas. Insisto: antes que nada, somos “mendigos de la gracia”.
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"Los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados” (Catecismo n. 1250). “Habéis reducido la gracia de Cristo al ejemplo de su vida, olvidando que lo principal es el don de su persona” (San Agustín). El don de Dios nos precede y supera nuestras expectativas. Antes que nada, somos “mendigos de la gracia”
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