|
Hace apenas unos días que celebrábamos la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND),
con el lema Misión: pan partido para el mundo, alusivo a la relación
fundamental que hay entre la misión y el misterio de la Eucaristía. Hay, sin
embargo, una dimensión esencial para el desarrollo de la misión de la
Iglesia de la que nunca nos podremos olvidar: la fecundidad que da a toda la
actividad misionera el ofrecimiento escondido de tantas personas, asociadas
por Jesús al misterio de su cruz. Grano de trigo, que cae en tierra, muere,
y da mucho fruto.
[LETRA TIPO 1]
Hay, sin embargo, una dimensión esencial para el desarrollo de la misión de
la Iglesia de la que nunca nos podremos olvidar: la fecundidad que da a toda
la actividad misionera el ofrecimiento escondido de tantas personas,
asociadas por Jesús al misterio de su cruz
Por eso rescatamos de nuestro archivo este Mensaje a los ancianos y
enfermos misioneros que pronunciaba el cardenal Sepe en Noviembre de
2003, ante el Congreso Americano Misionero
[LETRA TIPO 2]
Jesús manifestó su conmoción ante el sufrimiento humano y curó a muchos
enfermos. Lloró y tembló de miedo en Getsemaní; no corrió tras el
sufrimiento, pidió incluso al Padre que “si fuera posible, pasara de Él ese
cáliz”, y buscó el alivio humano: “mi alma está triste hasta el punto de
morir; quedaos aquí y velad conmigo”. Él, sin embargo, no dudó en ningún
momento del amor del Padre y aceptó libremente y por amor su voluntad:
“pero no sea como Yo quiero, sino como quieras Tú”. Él, nuestro Redentor
crucificado y resucitado, “llevó por amor nuestras dolencias y soportó
nuestros dolores”.
Algunos tienen el privilegio de seguir los pasos de San Francisco Javier,
pero otros muchos pueden tener el privilegio de seguir los de Santa
Teresita, pues, por numerosas razones, no pueden llevar el Evangelio
físicamente a otros pueblos y culturas. Santa Teresita comprendió bien que,
por el hecho de haber recibido el bautismo, debía ser de algún modo
misionera. Y supo cómo serlo: con la oración y con el sacrificio de su vida.
El Señor os invita, ancianos y enfermos misioneros, a ofreceros a Él
completamente -como hiciera aquella joven carmelita-, a ofreceros para que
la Buena Nueva de la salvación llegue a todos los hombres y mujeres que aún
no conocen a Cristo. La Iglesia espera de vosotros, hermanos y hermanas que
sufrís, el gran testimonio de la fe.
Nuestro querido Juan Pablo II, testigo viviente del sufrimiento ofrecido por
la Iglesia y por las misiones, siervo sufriente de los siervos de Dios, nos
recordaba en una carta suya que “el valor salvífico de todo sufrimiento,
aceptado y ofreciendo a Dios con amor, deriva del sacrificio de Cristo, que
llama a los miembros de su Cuerpo místico a unirse a sus padecimientos y
completarlos en la propia carne”. Es por ello –sigue- que “el sacrificio
misionero debe ser compartido y sostenido por el de todos los fieles”, y que
mediante el ofrecimiento del sufrimiento a Dios por los misioneros “los
enfermos se hacen también misioneros” (cf. Carta Encíclica Redemptoris
Missio, n.78).
En vosotros la Iglesia misionera encuentra la fuerza para difundir y
realizar la salvación que Cristo, con su muerte y su resurrección, ha
obtenido para todos los hombres y mujeres del mundo.
¡Ánimo! ¡Tened confianza! Abandonaos en las manos providentes de nuestro
Padre, como hicieron San Francisco Javier y Santa Teresita del Niño Jesús.
Ellos os dicen que no estáis solos. Estad orgullosos de ser misioneros y
sostener a la Iglesia misionera mediante el sufrimiento. Vosotros, en
vuestra debilidad, sois un manantial de vigor y de vida para la Iglesia y
para la Humanidad.
_
 |
|
- Algunos
tienen el privilegio de seguir los pasos de San Francisco Javier, pero
otros muchos pueden tener el privilegio de seguir los de Santa Teresita
- El sacrificio misionero debe ser compartido y sostenido por el de
todos los fieles. Mediante el ofrecimiento del sufrimiento a Dios por
los misioneros los enfermos se hacen también misioneros (cf. Redemptoris
Missio, n. 78)
- ”Vosotros, queridos ancianos y enfermos, en vuestra debilidad, sois un
manantial de vigor y de vida para la Iglesia y la Humanidad” |