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Familia y vida

Jesús Fernández Lubiano
Delegado de Pastoral Familiar de Valladolid
Con los ojos de Dios
          Hay en la condición humana algo que le es esencial: sus relaciones, sobre todo las interpersonales y especialmente las familiares. Precisamente sobre la familia como institución social queremos hablar en estas líneas; de cómo influyen en ella los valores de lo que podemos llamar “cultura dominante”, la cultura de una sociedad que se presenta como “postcristiana”.
 

            Queremos mirar al hombre moderno con los ojos de Dios, que creó el mundo y al hombre, “y vio que era muy bueno”; queremos mirar el existir del hombre en sus límites y en su vocación trascendental desde la misericordia con que Dios ama nuestra existencia y le da consistencia, y desde ella valorar los logros y los fracasos, lo que dignifica al hombre y lo que le envilece.
            Y desde esa perspectiva vemos cómo la que se ha dado en llamar “cultura dominante” surge de un planteamiento que ignora el valor trascendente de la persona humana y exalta una libertad falsa y sin límite que se vuelve contra el hombre, que ignora la verdad de Dios, que rechaza a Dios y le olvida; es la cultura de una sociedad que se llama postcristiana. Veamos algunos rasgos de esta cultura dominante y cómo influyen en la comprensión de la familia.
 

Utilitarismo, relativismo, individualismo

             
A pesar de que las encuestas demuestran que la familia es una institución altamente valorada de modo privado por las personas, existe un rechazo manifiesto en su aceptación pública. Se aceptan como normales realidades que perturban seriamente la institución familiar (divorcio, parejas de hecho, “matrimonio” entre homosexuales) o los ataques a la vida (aborto, eutanasia, esterilización, fecundación in vitro, clonación terapeútica, etc.).
             Esta contradicción interna indica una incoherencia en la racionalidad de esta cultura, cuyo origen está en un modo erróneo de concebir la convivencia en el que se da a las personas y sus relaciones una valoración puramente economicista y utilitarista. La persona queda así reducida a un puro objeto, y se olvida la dignidad inherente a su condición humana y su relación fundamental con Dios. Cuando a Dios se le relega de la vida privada y pública, el hombre pierde el horizonte de su existencia que transciende lo meramente material, lo finito, lo transitorio. Queda reducido a lo circunstancial, a lo momentáneo, a lo terreno.
             Consecuencia de todo esto es el relativismo ético: todo vale porque nada vale nada. Todo depende de las modas, de lo pasajero, de la dictadura de una mayoría, la presión de un “lobby” o la manipulación de la opinión pública. Se renuncia a la búsqueda de la verdad, quizá porque no interesa o no se cree que exista. La tolerancia se convierte en la norma básica para la convivencia: cada uno ha de pensar y vivir como quiera. Como esto es ficticio, pues la convivencia exige unas pautas mínimas de comportamiento, las mayorías imponen su criterio y los que no piensan igual son tachados de intolerantes o fundamentalistas.
 

Influencia en la familia

              Esta visión economicista y materialista trae como consecuencia el rechazo a la maternidad que entra en conflicto con lo laboral o el éxito profesional. A la persona se la valora por su trabajo, es el homo faber: vales en tanto que produces, el éxito profesional se convierte en los primero. El hijo se convierte muchas veces en una carga; no digamos los ancianos o los enfermos.
             La ética utilitarista lleva consigo en el ámbito público el individualismo y en el ámbito privado el subjetivismo que se traduce en una concepción ética “a la carta”. En ambos casos el otro aparece como un rival potencial, un competidor. Educados para el individualismo, la vida familiar no es valorada; el hijo no es acogido en la unión de los esposos, ni recibido como un regalo sino reivindicado como un derecho que puedo que exigir y usar por los medios que sea; si no fueran lícitos la moral subjetiva los justificaría.
 

El antídoto, más familia

           El individualismo conduce al hombre a una profunda soledad que le destruye. Tal vez sea un de los males de nuestro tiempo. Frente a esto la familia se convierte en la escuela de la solidaridad, de la socialización, de la comunión, del amor que el hombre necesita para vivir.
               Sabemos que son muchas las personas que valoran la familia, que viven otros valores: el sentido trascendente de la vida, la valoración de la persona por su dignidad y no por su capacidad productiva. A estas familias y personas les animamos a testimoniarlo y a defenderlo, con su vida familiar y sus palabras. Nosotros sólo hemos querido denunciar algunos anti-valores que destruyen a las personas para desenmascarar las mentiras de los que dicen querer hacer un mundo mejor y una sociedad más justa, pero crean una cultura de muerte.
                 Sólo en Jesucristo, muerto y resucitado, el hombre encuentra el sentido más profundo de su vida, la razón de su vivir, su destino final. Solo en Él se descifran todos los problemas humanos y se abren soluciones; solo con Él el hombre cura sus heridas y vislumbra una humanidad nueva, un mundo más justo, más humano. Dios mira al hombre con misericordia, por eso le corrige y enseña, le muestra la Verdad que le salva.

- Vivimos en el relativismo: todo vale porque nada vale nada

- Las mayorías imponen su criterio y los que no piensan igual son tachados de intolerantes o fundamentalistas

- A la persona se la valora por su trabajo: vales en tanto que produces. Educados para el individualismo, la vida familiar no es valorada

- Sólo en Jesucristo, muerto y resucitado, el hombre cura sus heridas y vislumbra una humanidad nueva, un mundo más justo, más humano

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