|
Nos lo dice la Escritura: el Espíritu sopla donde quiere (cf.
Jn 3,8) Solo que a veces tenemos las velas plegadas, y entonces ese soplo no
es todo lo efectivo que debiera ser. Pues bien, sirvan estas líneas como
expresión de agradecimiento a Juan Pablo II por haber estado atento y
abierto en el reconocimiento, tutela y promoción de los diversos carismas y
espiritualidades.
Juan Pablo II ha abierto las velas, al mismo
tiempo que ha asido fuertemente el timón de la barca. ¡Todo un ejemplo de
equilibrio en el gobierno eclesial!
Recordemos aquel momento fuerte del pontificado de Juan Pablo II, que tuvo
lugar en mayo de 1998. Por primera vez, un Papa convocaba juntos a todos los
movimientos eclesiales y nuevas asociaciones florecidas en el seno de la
Iglesia Católica. Se acreditaron unos cincuenta movimientos, entre los
cuales podemos destacar las Comunidades Neocatecumenales, Focolares,
Renovación Carismática, Comunión y Liberación, Cursillos de Cristiandad,
Comunidad de San Egidio, Schönstad, Comunidad del Emmanuel, Regnum Christi,
etc.
Es un hecho que la dinámica de los nuevos movimientos ha sido cuestionada
por algunos sectores de la Iglesia, que entienden la vida eclesial desde
unos marcos más estructurales, y juzgan negativamente la existencia de
pequeñas comunidades dentro de la comunidad eclesial. Acusan a los
movimientos de “hacer su guerra aparte", de "servirse" de las parroquias o
de las diócesis como plataforma para sus actividades, de mantener una
comunión con el Papa "puenteando" al obispo local, de constituir una Iglesia
"cuasi paralela", etc., etc.
Sin embargo, Juan Pablo II acogió e impulsó estos movimientos, corrigiendo
en su discernimiento las posibles desviaciones: «Uno de los dones del
Espíritu a nuestro tiempo -decía- es ciertamente el florecimiento de los
movimientos eclesiales […]. Son un signo de la libertad de formas en que se
realiza la única Iglesia, y representan una segura novedad, que todavía ha
de ser adecuadamente comprendida en toda su positiva eficacia.» La
llamada de Juan Pablo II a la Nueva Evangelización proponía la audacia de
encontrar “nuevos métodos y nuevas expresiones” para transmitir el
cristianismo en unos tiempos de secularización, sin aferrarnos
apriorísticamente a métodos del pasado, ni aceptar lo nuevo por ser nuevo,
sino aplicando el discernimiento evangélico: "por sus frutos los conoceréis"
(Mt 7,16). Los frutos de dinamismo apostólico, conversiones, vocaciones,
etc. hablan por sí solos. Juan Pablo II comprendió que un Papa no está para
decirle a Dios cómo tiene que hacer las cosas. Al Espíritu Santo no se le
puede meter en un jaula y esperar a que trine con nuestro sonete preferido.
Dios es libre, y los discernimientos intraeclesiales deben dejar a un lado
las ideologías personales, para reconocer con humildad los frutos del
Espíritu Santo, allí donde se encuentren. Por otra parte, no parece de
recibo acusar a nadie de falta de integración, cuando se comienza por no
aceptar su carisma.
La gran
riqueza de la Iglesia Católica está tanto en su unidad (en lo dogmático),
como en su pluralidad (en sus carismas). Por ello, Juan Pablo II ha sido el
Papa del Catecismo al mismo tiempo que ha sido el Papa de los movimientos.
En su estilo de gobierno se ha traslucido que no estaba dispuesto a buscar
la "uniformidad” en detrimento de la "riqueza de espiritualidad".
Juan Pablo II
comprendió desde el primer momento que, igual que en la Baja Edad Media
ocurrió con el monacato, o en la Edad Media con las órdenes mendicantes
(franciscanos, dominicos, etc.), o como de forma similar tras la ruptura
protestante surgieron órdenes que llevaron adelante la contrarreforma, o
como de forma equivalente en el siglo pasado proliferaron las congregaciones
religiosas asistenciales; en los actuales tiempos de secularización, Dios
suscitaba los movimientos eclesiales. En cada momento histórico el Espíritu
Santo hace brotar en el seno de su Iglesia aquello que más conviene para la
tarea de la Evangelización.
¡Gracias, Santo Padre, por haber llevado a cabo esta delicada tarea de
discernimiento, en medio de no pocas incomprensiones y resistencias!
 |
|
- Al Espíritu
Santo no se le puede meter en un jaula y esperar a que trine con nuestro
sonete preferido
- Ni aferrarnos apriorísticamente al pasado, ni aceptar lo nuevo por ser
nuevo, sino aplicar el discernimiento evangélico: "por sus frutos los
conoceréis" |