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Sus reliquias recorrerán este mes de Junio
diversos lugares de España. Agradecidos a los promotores de esta iniciativa,
queremos prepararnos espiritualmente a participar de la gracia de esta
inesperada y feliz presencia. Para lo cuál vendrá bien recordar sobre todo
quién fue santa Margarita María y qué misión providencial desempeñó en la
Iglesia de su tiempo y cual desempeña también hoy.
Santa Margarita María
Nacida en Lauthecourt, en Francia, el 22 de Julio de 1647, era la quinta
hija del notario Claude Alacoque y de Filiberta Larryn. Tuvo una infancia y
una adolescencia a un tiempo difíciles -a causa de la prematura muerte del
padre, de problemas de salud y de épocas que pasó lejos de la familia- y
bendecidas con gracias particulares. A los 24 años entró en el monasterio de
la Visitación en Paray-le-Monial, donde recibió gracias místicas
extraordinarias que en un primer momento le acarrearon incomprensiones y
dificultades por parte de sus superioras y de sus hermanas. Una vez disipada
esta atmósfera ambiental negativa, gracias también al influjo del superior
de la comunidad local de los Jesuitas, el P. Claudio La Colombière
(proclamado santo en 1999 por Juan Pablo II), que la dirigió espiritualmente
y atestiguó la autenticidad sobrenatural de sus visiones. Por disposiciones
de la superiora, Margarita María nos ha dejado memoria escrita de sus
experiencias místicas y con ello un mensaje que se ha difundido en todo el
mundo y que todavía hoy es significativo para muchas personas. De este
mensaje, como es conocido, forman parte las invitaciones al espíritu de
reparación de los pecados y a la consagración al Sagrado Corazón, como
también un gran estímulo a la comunión frecuente, en particular mediante la
práctica de los “primeros viernes” de mes. Todas ellas cosas que, en el
contexto de la época fuertemente marcada, especialmente en Francia, por el
rigorismo jansenista, iban contracorriente y tenían un valor profético que
sólo hoy podemos apreciar plenamente.
Valores y límites de Paray-le-Monial
Los
acontecimientos de Paray-le-Monial, fruto de la acción extraordinaria de la
gracia en la joven contemplativa visitandina y en el apoyo que ella pudo
recibir del iluminado y fino confesor jesuita que la Providencia le había
puesto al lado, han contribuido poderosamente a difundir en todo el mundo la
devoción al Sagrado Corazón. Han funcionado como hace un repetidor de ondas
de radio con los sonidos e imágenes transmitidas por la estación emisora:
han permitido a millones de personas verse unidas por un mensaje que, nacido
en el recogimiento de la oración de almas privilegiadas, estaba destinado a
difundir por doquier una imagen de Dios, encarnado en Jesucristo, más bella,
más amable, más verdadera.
Dicho esto, debemos recordar que la devoción al Sagrado Corazón no nació,
obviamente, en Paray-le-Monial. Existía ya antes. En el s. XVI fue difundida
por san Juan Eudes, pero encontramos expresiones muy intensas ya en algunos
místicos medievales (basta pensar en santa Catalina de Siena). Y antes
todavía en numerosos Padres de la Iglesia, mientras que sus raíces profundas
se encuentran en la Sagrada Escritura, veladamente ya en el Antiguo
Testamento y directamente en el Nuevo Testamento, en
particular en el relato de Juan evangelista sobre la transfixión del costado
del Señor en el Calvario, obra del soldado romano (cf. Jn 19,34).
El aval de la Iglesia
De todo
esto encontramos testimonios de la máxima autoridad en sucesivos
pronunciamientos de la Iglesia. Citamos algunos.
El Redentor del mundo, que, levantado sobre la cruz había
determinado atraer todo hacía sí, de un modo maravilloso atrajo hacia sí a
su sierva Margarita María Alacoque, para que ella, penetrando hasta dentro
de su Corazón, gustase, en la misma fuente, la dulzura del infinito amor y
la expandiese en medio de los hombres. Así fue como corrieron como un río
por toda la tierra aquellas dulcísimas aguas que había sacado del Costado
abierto de Cristo, con el único y ardiente deseo de contemplar los corazones
de los hombres purificarse en este océano de aguas vivas y ver nacer en su
corazón una fuente que salta hasta la vida eterna” (Pío IX, Decreto de
Beatificación, 24 de Junio de 1864).
La revelaciones con las que fue favorecida santa Margarita María Alacoque no
añadieron ninguna verdad nueva a la doctrina católica. Pero su importancia
reside en que el Señor, mostrando su Corazón sacratísimo, de un modo
extraordinario y singular, se dignó atraer las mentes de los hombres a la
contemplación y a la veneración del amor misericordioso de Dios por el
género humano” (Pío XII, Encíclica Haurietis aquas).
Un mensaje para nuestro tiempo
No hace muchos años, el Santo Padre Juan Pablo II quiso encontrarse en el
mismo Paray-le-Monial con el superior general de la Compañía de Jesús, el P.
Peter-Hans Kolvenbach, para entregarle una carta en la cual le recomendaba
calurosamente que la Compañía, depositaria de una “tarea muy grata” (el
munus suavissimus), no dejase languidecer su empeño en la difusión de la
espiritualidad del Sagrado Corazón, que es esencialmente conocimiento
personal y relación afectiva profunda con Jesús Redentor. En aquella
ocasión, el Papa acompañó, como han testimoniado personas presentes en el
histórico encuentro, la entrega de la carta con estas palabras: Padre, es
urgente que el mundo sepa que el cristianismo es la religión del amor. ¡Qué
gran verdad! Basta mirar con los ojos del corazón el mundo de hoy, con su
sed de luz y sus trágicas sombras, para convencerse de que el Corazón de
Jesús es el compendio y la fuente de todo lo que la Humanidad espera y de lo
cual tiene una gran necesidad: la paz, la justicia, la serenidad, la
solidaridad, in un palabra, la salvación de todo el hombre y para todos los
hombres.
Esperando esos días de Junio
Bienvenida sea, pues, entre nosotros Margarita María, extraordinaria
protagonista y testigo de la amistad personal con el Señor Jesús y de su
Evangelio de la Caridad. El Señor bendiga a cuantos han hecho posible esta
maravillosa oportunidad y nos dé a todos nosotros la gracia de beneficiarnos
con sencillez y sinceridad de corazón.
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