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María, mujer
madre y amiga

Raniero Cantalamessa
María, espejo de la Iglesia (pp.113-123)
La “hermosa Cordera”
              María está presente en el Nuevo Testamento en cada uno de los tres momentos constitutivos del misterio cristiano que son: la Encarnación, el Misterio Pascual y Pentecostés. Sin embargo, parece que María esté presente sólo en una parte y no en todo el Misterio Pascual.
 

María en el Misterio Pascual

               El Misterio Pascual completo abraza, en efecto, de forma inseparable, la muerte y la resurrección de Cristo. Constituye su paso de la muerte a la vida; su paso de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1), que nos abre el camino a todos los creyentes para pasar también nosotros de la muerte a la vida. Ahora bien, a María sólo se la menciona a propósito de la cruz y de la muerte de Jesús, pero no cuando se habla de su resurrección. En los evangelios no hay rastro de una aparición del Resucitado a la Madre, y nosotros debemos ceñirnos a los evangelios.

             Y precisamente ciñéndonos a los evangelios y a lo que está escrito, descubrimos que María ha vivido todo el Misterio Pascual, y lo ha vivido más de cerca que nadie. En efecto, es el evangelista Juan quien nos habla de María al pie de la cruz: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena (Jn 19,25). Pero, ¿qué representa la cruz de Cristo, el Calvario, en el evangelio de Juan? Es bien conocido. Representa su “hora”, la hora en que el Hijo del Hombre tenía que ser glorificado; la hora por la que Él había venido al mundo (cf. Jn 12,23.27). El momento de la muerte es, pues, el momento en que se revela plenamente la gloria de Cristo, su soberanía divina, y Él aparecerá entonces como aquél que da el Espíritu.

                Bajo esta luz no tiene tanta importancia ni es tan extraño el hecho de que el cuarto evangelio no mencione ninguna aparición del Resucitado a su Madre. Las mujeres descubrieron la resurrección de Cristo al amanecer del tercer día, pero María la descubrió antes todavía, en el alborear de la resurrección sobre la cruz. Cuando verdaderamente todavía estaba oscuro (cf. Jn 20,1), ella vio la gloria de Dios, tan distinta, tan nueva respecto de cualquier otra gloria que pudiera ser imaginada por los hombres, la gloria de su amor.

María, la “hermosa cordera”
   

                   Pero, ¿se podría decir entonces que María no sufrió en el Calvario? ¿Fue la cruz para ella un simple y breve momento de paso? ¿Es posible que Jesús no sufriera en realidad ya que llamaba a ésta su hora de gloria? ¿Es posible que esto disminuyera la brutalidad de su pasión? El Jesús del cuarto evangelio conoce la angustia de Getsemaní (cf. Jn 12,27), la coronación de espinas, las bofetadas, la flagelación (cf. Jn 19,1ss), la negación de Pedro, la traición de Judas y todo lo demás. La gloria está en un plano distinto del de los hechos históricos desnudos. La crucifixión pertenece a los hombres y se sitúa en la historia; la glorificación pertenece a Dios y se sitúa en el límite de la historia, en la escatología, y se ve sólo en la fe. Por esta razón, también María bebió el cáliz de la pasión, y lo bebió hasta el fondo.

             No nos han sido transmitidos de María al pie de la cruz gritos y lamentos, sino sólo su silencio. María, en el evangelio de Lucas, calla en el momento del nacimiento de Jesús, y en el evangelio de Juan, calla en el momento de la muerte de Jesús. En la primera carta a los corintios, san Pablo contrapone entre sí el lenguaje de la cruz y el lenguaje de la sabiduría humana. La diferencia consiste en esto: que la sabiduría de la predicación, o sabiduría del mundo, se expresa precisamente a través de la palabra y de discursos bonitos; la cruz, en cambio, se expresa a través del silencio. ¡El lenguaje de la cruz es el silencio! El silencio guarda sólo para Dios el perfume del sacrificio. Éste impide al sufrimiento que se extienda, y que busque y encuentre aquí abajo su propia recompensa. Al pie de la cruz, María aparece como la “hermosa cordera” que está junto al Cordero y “que no abrió la boca” (cf. Is 53,7). La liturgia bizantina ha utilizado este título de María “la hermosa cordera” en el oficio de Viernes Santo, tomándolo de un himno de Romano Melodas.

               Junto a la cruz de Jesús María no estaba cerca de Él solamente en un sentido físico o geográfico, sino también en un sentido espiritual. Estaba unida a la cruz de Jesús; tenía el mismo sufrimiento; sufría con Él. Sufría en su corazón lo que el Hijo sufría en su carne.

- “Las mujeres descubrieron la resurrección de Cristo al amanecer del tercer día, pero María la descubrió antes todavía, sobre la cruz”

- “El lenguaje de la cruz es el silencio”

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