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Iglesia del Señor

Card. Jean Daniélou
De La Croix, Agosto-1972
Eucaristía, sacerdocio y ministerio
En este Año de la Eucaristía “repescamos” para nuestra sección de espiritualidad sacerdotal este artículo del cardenal Daniélou. Sorprende su enorme actualidad.

             
Desde el principio, la misión propia de los Apóstoles ha sido el llevas a las almas a la Eucaristía. Y esta misión ha continuado en sus sucesores, obispos y sacerdotes. Existen aspectos de la evangelización que pueden ser realizados por laicos: como el ministerio de la palabra, en sus aspectos ordinarios, del kerygma o catequesis; también la organización de las comunidades, donde los diáconos en la antigüedad tuvieron un gran papel; aun en el Bautismo, que puede ser administrado por laicos. Pero sólo el sacerdote puede llegar al término de la evangelización por medio de la Eucaristía. La Eucaristía es el ministerio propio del sacerdote.
 

El papel de los sacerdotes en la evangelización

            Éste es un punto que se debe subrayar hoy día. Existe la corriente que presenta al sacerdote como el hombre y el testigo de la palabra, lo que hace que la palabra y el testimonio sea lo esencial de la evangelización. Entonces la Eucaristía tiene un aspecto secundario. Y esta falta de aprecio de la Eucaristía por parte de los sacerdotes lleva al desafecto de la Eucaristía de los fieles. Hay que poner, por tanto, el énfasis a la inversa: es en la celebración de la Eucaristía donde está lo esencial de la participación del sacerdote en la evangelización. Ella marca lo específico de su ministerio. Y porque la Eucaristía es la meta de la evangelización, sin la cual la evangelización está inconclusa, por esto el ministerio del sacerdote es esencial.

            Indudablemente, la Eucaristía no puede separarse de lo que la prepara. Decir que es la cima de la evangelización, significa precisamente que hay algo antes que ella. Y por eso particularmente hoy día, la deficiencia de esas etapas preparatorias lleva al sacerdote a preocuparse de ellas. Donde la fe no existe, aun en los medios cristianos, hay que trabajar por ella. Donde los corazones están cerrados al Evangelio, hay que abrirlos primero al ideal evangélico. El anuncio de la palabra, el testimonio de la vida son preparaciones a la Eucaristía. Y donde esa preparación no la han realizado otros, se comprende que se ocupe de ella el sacerdote. Pero él no debe hacer de eso un fin, debe orientarlas hacia la Eucaristía.

La Eucaristía, llave de la renovación eclesial


              La crisis de las vocaciones sacerdotales está quizás ligada a este desconocimiento de la Eucaristía, de la necesidad de la Eucaristía para la integración de la evangelización. Si se pone el acento en forma exclusiva en la palabra y el testimonio, ya no se ve la necesidad del sacerdocio ministerial, porque esos ministerios pueden ser realizados por laicos. Pero si se ha comprendido que la palabra y el testimonio no tienen sentido si no conducen a la Eucaristía, que es por la Eucaristía sola que se crean las condiciones de la existencia cristiana, que allí donde la Eucaristía no existe, el pueblo cristiano es como un desierto sin agua, donde se marchitará, entonces se comprende que la Iglesia necesita sacerdotes, y que es inútil predicar la caridad si no se entregan por la Eucaristía los medios de vivirla.

               El fin es la caridad. Pero la caridad no existe sin la Eucaristía. Y no existe Eucaristía sin sacerdocio ministerial. Esa es la ley misma de la Encarnación. En Cristo, el fin de la glorificación de su humanidad por la Ascensión. Pero la humanidad de Cristo no llega al Padre sino porque el Verbo de Dios vino a asumirla. La Iglesia es el pueblo de los que viven de la gracia. Pero es también, en su estructura jerárquica, el instrumento por el cual la gracia nos es dada. Los sacramentos son las expresiones de esta instrumentalización de la Iglesia que permite a ella solamente la realización de la santidad. El sacerdocio universal es el fin, pero no es realizable sin el sacerdocio ministerial que es el medio.

               Si la Eucaristía es la fuente y la cima de la vida de la Iglesia, ella es también la llave de la renovación de la Iglesia. Porque la crisis actual de la Iglesia es una crisis de fe, de la estructura, de la contemplación. La renovación de la vida eucarística es el remedio a esta crisis. La Eucaristía reanima la fe recordando que la fe tiene como fundamento las acciones divinas que constituyen el misterio de la salvación, cuya expresión actual es ella. La Eucaristía reanima la vida interior recordando que esta vida saca sus energías de la participación de la vida de Cristo. La Eucaristía reanima las estructuras, mostrando la necesidad y el papel incomparable del sacerdocio ministerial.

- “El fin es la caridad. Pero la caridad no existe sin la Eucaristía. Y no existe Eucaristía sin sacerdocio ministerial”

- ”La crisis de las vocaciones sacerdotales está quizás ligada a este desconocimiento de la Eucaristía”

- ”Sólo el sacerdote puede llegar al término de la evangelización por medio de la Eucaristía”

- “El sacerdocio universal es el fin, pero no es realizable sin el sacerdocio ministerial que es el medio”

- ”La Eucaristía es la llave de la renovación de la Iglesia”

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