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En este Año de la Eucaristía “repescamos” para nuestra sección de
espiritualidad sacerdotal este artículo del cardenal Daniélou. Sorprende su
enorme actualidad.
Desde el principio, la misión propia de los Apóstoles ha sido el llevas
a las almas a la Eucaristía. Y esta misión ha continuado en sus sucesores,
obispos y sacerdotes. Existen aspectos de la evangelización que pueden ser
realizados por laicos: como el ministerio de la palabra, en sus aspectos
ordinarios, del kerygma o catequesis; también la organización de las
comunidades, donde los diáconos en la antigüedad tuvieron un gran papel; aun
en el Bautismo, que puede ser administrado por laicos. Pero sólo el
sacerdote puede llegar al término de la evangelización por medio de la
Eucaristía. La Eucaristía es el ministerio propio del sacerdote.
El papel de los sacerdotes en la evangelización
Éste es un
punto que se debe subrayar hoy día. Existe la corriente que presenta al
sacerdote como el hombre y el testigo de la palabra, lo que hace que la
palabra y el testimonio sea lo esencial de la evangelización. Entonces la
Eucaristía tiene un aspecto secundario. Y esta falta de aprecio de la
Eucaristía por parte de los sacerdotes lleva al desafecto de la Eucaristía
de los fieles. Hay que poner, por tanto, el énfasis a la inversa: es en la
celebración de la Eucaristía donde está lo esencial de la participación del
sacerdote en la evangelización. Ella marca lo específico de su ministerio. Y
porque la Eucaristía es la meta de la evangelización, sin la cual la
evangelización está inconclusa, por esto el ministerio del sacerdote es
esencial.
Indudablemente, la Eucaristía no puede separarse de lo que la prepara. Decir
que es la cima de la evangelización, significa precisamente que hay algo
antes que ella. Y por eso particularmente hoy día, la deficiencia de esas
etapas preparatorias lleva al sacerdote a preocuparse de ellas. Donde la fe
no existe, aun en los medios cristianos, hay que trabajar por ella. Donde
los corazones están cerrados al Evangelio, hay que abrirlos primero al ideal
evangélico. El anuncio de la palabra, el testimonio de la vida son
preparaciones a la Eucaristía. Y donde esa preparación no la han realizado
otros, se comprende que se ocupe de ella el sacerdote. Pero él no debe hacer
de eso un fin, debe orientarlas hacia la Eucaristía.
La Eucaristía, llave de la renovación eclesial
La crisis de las vocaciones sacerdotales está quizás ligada a este
desconocimiento de la Eucaristía, de la necesidad de la Eucaristía para la
integración de la evangelización. Si se pone el acento en forma exclusiva en
la palabra y el testimonio, ya no se ve la necesidad del sacerdocio
ministerial, porque esos ministerios pueden ser realizados por laicos. Pero
si se ha comprendido que la palabra y el testimonio no tienen sentido si no
conducen a la Eucaristía, que es por la Eucaristía sola que se crean las
condiciones de la existencia cristiana, que allí donde la Eucaristía no
existe, el pueblo cristiano es como un desierto sin agua, donde se
marchitará, entonces se comprende que la Iglesia necesita sacerdotes, y que
es inútil predicar la caridad si no se entregan por la Eucaristía los medios
de vivirla.
El fin es la caridad. Pero la caridad no existe sin la Eucaristía. Y no
existe Eucaristía sin sacerdocio ministerial. Esa es la ley misma de la
Encarnación. En Cristo, el fin de la glorificación de su humanidad por la
Ascensión. Pero la humanidad de Cristo no llega al Padre sino porque el
Verbo de Dios vino a asumirla. La Iglesia es el pueblo de los que viven de
la gracia. Pero es también, en su estructura jerárquica, el instrumento por
el cual la gracia nos es dada. Los sacramentos son las expresiones de esta
instrumentalización de la Iglesia que permite a ella solamente la
realización de la santidad. El sacerdocio universal es el fin, pero no es
realizable sin el sacerdocio ministerial que es el medio.
Si la Eucaristía es la fuente y la cima de la vida de la Iglesia, ella es
también la llave de la renovación de la Iglesia. Porque la crisis actual de
la Iglesia es una crisis de fe, de la estructura, de la contemplación. La
renovación de la vida eucarística es el remedio a esta crisis. La Eucaristía
reanima la fe recordando que la fe tiene como fundamento las acciones
divinas que constituyen el misterio de la salvación, cuya expresión actual
es ella. La Eucaristía reanima la vida interior recordando que esta vida
saca sus energías de la participación de la vida de Cristo. La Eucaristía
reanima las estructuras, mostrando la necesidad y el papel incomparable del
sacerdocio ministerial.
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- “El fin es
la caridad. Pero la caridad no existe sin la Eucaristía. Y no existe
Eucaristía sin sacerdocio ministerial”
- ”La crisis de las vocaciones sacerdotales está quizás ligada a este
desconocimiento de la Eucaristía”
- ”Sólo el sacerdote puede llegar al término de la evangelización por
medio de la Eucaristía”
- “El sacerdocio universal es el fin, pero no es realizable sin el
sacerdocio ministerial que es el medio”
- ”La Eucaristía es la llave de la renovación de la Iglesia” |