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Fe y vida
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José Ignacio Munilla Las cuatro noches |
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La historia de la salvación es una historia de luz. Dios es luz,
mientras que la impotencia y el sufrimiento humano se reflejan en la
tiniebla, de forma que el camino hacia nuestra plena felicidad se simboliza
en el paso de la noche al día, de la oscuridad a la luz: “Trocaré delante
de ellos la tiniebla en luz” (Is 42,16). Cuatro son las noches que, por la misericordia de Dios Padre, se han hecho luz en nuestra existencia. Gracias a estas cuatro noches, verdaderamente, somos “hijos de la luz”. Las describimos brevemente: La Noche de la Creación “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: « Que exista la luz », y la luz existió.” (Gn 1,1-3) La primera luz que la humanidad en su conjunto y cada uno de nosotros en particular hemos recibido, ha sido la de nuestra existencia. ¿Por qué existe el ser y no la nada? Ciertamente, Dios no ha creado por necesidad o por aburrimiento, sino por una libre decisión e impulsado por la sobreabundancia de su amor. El texto bíblico continua: “Vio Dios que la luz era buena y la separó de las tinieblas” (Gn 1,4). En esas breves palabras se nos recuerda la inmensa misericordia que Dios nos ha hecho en la creación: ¡Somos! ¡Existimos! ¡Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios! La verdad, la belleza y la bondad de la creación son un reflejo de la suma Verdad, Belleza y Bondad divina. La consecuencia lógica que se desprende es una actitud de admiración y agradecimiento por la existencia: la vida es un don. Nuestra existencia es un destello de la infinita luz de Dios. La Nochebuena El pecado hizo perder la amistad entre Dios y el hombre. El Cielo se convierte para nosotros en algo inalcanzable y arcano. El hombre intenta conocer y relacionarse con Dios, sin conseguirlo; ya que la religiosidad natural es insuficiente por sí misma para penetrar en la intimidad de Dios. La búsqueda de Dios por parte del hombre es ardua y estéril: una durísima noche. Pero, “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. A los que vivían en tierra de sombras, una luz les brilló” (Is 9,2). La revelación de Dios, culminada en la encarnación de Dios entre nosotros, hace luz en la noche de nuestra búsqueda impotente. El hecho de que la nochebuena se celebre en el equinoccio de invierno, es decir, en la noche más larga del año, encierra un simbolismo muy pedagógico: la llegada de Cristo da un vuelco a la historia, de forma que la luz comienza a ganarle terreno a la oscuridad de la noche. La Noche Pascual La noche de la Pascua fue para el pueblo judío el momento cumbre de su liberación. Aquella salida de Egipto, así como el paso del mar Rojo camino de la Tierra Prometida, no eran sino imagen de la plena liberación que Cristo nos obtuvo por su muerte redentora. Antes de la noche pascual el hombre vivía condenado a la oscuridad del pecado y de la muerte; dos enemigos imbatibles que nos eclipsaban la luz de Dios. El plan divino de redención del mundo asumió nuestra noche, para trasformarla en luz. Cristo “se hizo pecado” (cf. 2Cor 5,21), y padeció el poder de la muerte, para vencer al enemigo en su propio terreno. La resurrección de Cristo trasformó la noche en día; la gracia vence el pecado y la vida derrota la muerte. Así lo rezamos en el pregón de la Vigilia Pascual: “Ésta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado…. Ésta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche luminada por mí gozo»” La Noche de la Purificación Pero todavía faltaba algo para culminar la historia de la salvación. Nos referimos a la necesidad de que cada uno de nosotros se apropie de ese tesoro de gracia. No basta con el anuncio de que la luz de Cristo vence la tiniebla, sino que es necesario que ese acontecimiento tenga lugar en cada uno de nosotros, es decir, que lo personalicemos. San Juan de la Cruz describió ese proceso de purificación ascética y mística como la “noche oscura del sentido” y la “noche oscura del espíritu”. Es un proceso doloroso y gozoso al mismo tiempo, en el que el paso por la oscuridad es necesario para que se haga luz en el alma. Tras la muerte, el misterio del purgatorio completa la purificación cuando ésta no ha sido completada suficientemente en nuestra etapa de peregrinos. Solo de esta forma, veremos cumplida nuestra vocación a ser hijos de la luz: “Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor” (Ef 5,8). |
1ª noche: ¿Por
qué existe el ser, y no la nada? |
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