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Me llamo David, tengo 24 años y soy diácono de la diócesis de Alcalá de
Henares. El próximo 21 de mayo recibiré la ordenación sacerdotal. Ya sólo
quedan un par de meses, un puñado de días, para ver hecho realidad un sueño
que comparto con el Señor desde hace años. Porque esto empezó hace mucho
tiempo.
“ Desde el seno materno me
llamó” (Is 49, 1)
Dios nos
ha llamado a todos desde toda la eternidad, luego a cada uno le hace caer en
la cuenta de este llamamiento en un momento determinado de su vida, a unos
antes y a otros después, pero en mi caso su llamada no se hizo esperar.
Desde muy niño, yo diría que desde que tengo conciencia, el Señor me regaló
la certeza de que Él me quería sacerdote. Esta certeza creció conmigo y lo
que parecía una “chiquillería”, el Señor lo corroboraba día tras día. Jesús
me fue mostrando, poco a poco, lo que significaba ser sacerdote y mientras
tanto yo iba comprobando, que eso que Él me mostraba, se correspondía
plenamente con los deseos de mi corazón.
Era algo conocido por
todos: en casa, en el colegio, entre los amigos... Pero con trece años sentí
la necesidad de que mi vocación fuese cuidada, de poder compartirla con
otros que tuviesen mi misma experiencia. Ayudado por el cura de mi pueblo,
ingresé en el Seminario Menor. Comenzaban así los que hoy son ya doce años
vividos al calor de la amistad con Cristo y del maternal cuidado de su
Esposa la Iglesia. También aquí jugaron un papel primordial mis padres. Mi
familia fue la tierra fértil que hizo posible la siembra. Sin su ayuda nada
de esto hubiera sido posible.
“Llamó a los que Él quiso”(Mc 3, 13)
Toda
vocación es un misterio de amor. Uno se pregunta: ¿Por qué a mí y a otros
no?… Y esta pregunta se agudiza cuando miras tu vida y ves que no das la
talla. Pero es entonces cuando el Señor te recuerda que Él te ha escogido
por puro amor. Como a Pedro, a Andrés, a Juan, a Santiago… Él te llama
porque te quiere y porque así quiere que suceda.
En el
Seminario, Dios te regala hermanos, aquellos con los que compartes el gozo
de sentirte llamado. En Alcalá somos trece seminaristas y cinco diáconos.
Pocos obreros para una mies tan grande como la que se extiende por nuestra
joven diócesis. Aún así, el número es lo menos importante. Cada uno de
nosotros hemos venido a parar a esta casa por diversos caminos y en
distintas circunstancias, pero ha sido Jesús mismo el que la ha preparado
para que aquí estemos con Él (cf. Mc 6, 30).
El lema del
Día del Seminario de este año es: “Generosos y entregados”. Es lo que
pretendemos ser en el día a día, donde se ratifica nuestro primer “sí”: en
el estudio, en los esfuerzos en las parroquias, especialmente con los niños
y los jóvenes… pero sobre todo en la celebración de la Eucaristía y en los
ratos que pasamos a solas con Aquel que tanto nos quiere.
“Como María” sigue el lema. Y es que Ella no puede faltar. María es
la primera discípula, el mejor modelo de respuesta a la llamada de Dios. Y
con José, su esposo, son los principales formadores de los sacerdotes de hoy
y de siempre, con el mismo cariño con el que cuidaron del Sumo y Eterno
Sacerdote,“su Jesús”.
“He venido a poner fuego en el mundo,
¡y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49)
Estoy
convencido de que cada sacerdote ha nacido de este deseo profundo del
Corazón del Señor, por eso he escogido estas palabras como lema de mi
ministerio.
El Buen Pastor hoy,
como siempre, se afana por salvar al mundo entero prendiendo su fuego de
misericordia en todo corazón humano que lo busca. Para esta tarea quiere
contar con todos los esfuerzos posibles de su Iglesia, pero también con
hombres que trabajen muy cerca de Él, con un corazón indiviso sólo puesto en
Él, con una vida sólo dedicada a Él, en todo como Él. Puentes entre Dios y
los hombres, que lloren con los que lloran, que rían con los que ríen,
dispuestos a apostar siempre por una civilización nueva, la del amor.
Presencia suya, imagen suya, otros cristos escogidos de entre sus hermanos y
puestos en medio de ellos, unidos a Cristo totalmente y para siempre por la
redención de este mundo que tanto ama.
Él sigue llamando.
Jesús mismo, a orillas del mar de Galilea, comenzó la campaña vocacional que
hoy continúa. Nos pide que roguemos al Dueño de la mies que mande obreros a
su mies.
¡Ánimo, Él cuida de
su pequeño rebaño!. No nos cansemos de pedir. Ojalá haya muchos que se dejen
entusiasmar por Cristo, que tengan valor para echar la mano al arado y que
descubran que sólo Jesús es capaz de ofrecer razones por las que merece la
pena entregar esta vida que hemos recibido para darla.
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- “La certeza de la llamada creció conmigo, y lo que
parecía una “chiquillería” el Señor lo corroboraba día tras día”
- “Toda vocación es un misterio de amor. Jesús te llama porque te
quiere, y porque así quiere que suceda” |