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Hacia la                         
Civilización del Amor

Manuel Vargas
El bien común
Individualismo y colectivismo

           Durante el s. XX el mundo se vio dividido en dos bloques, en los que la mayor parte de las naciones se alinearon: de un lado, el mundo occidental democrático, que defiende las libertades individuales y el libre mercado, y que con facilidad deriva hacia la cultura del individualismo (la sociedad marchará bien cuando cada individuo consiga su propio éxito personal); y de otro lado, el mundo aprisionado por el comunismo, al que se asemejaron -en su efímera andadura- el fascismo italiano y alemán. A la mentalidad de este bloque se le ha llamado colectivismo, porque subordina el bien de cada persona al del conjunto de la sociedad. Pese a que parecían radicalmente opuestos, el materialismo constituye su fundamento común.

           La Iglesia, por el contrario, no ha sido absorbida por ninguna de estas dos mentalidades. Con extraordinaria valentía -que costó la vida a innumerables mártires- ha comunicado al mundo la verdad de Jesucristo, que no caduca ni pasa de moda. Nuestra fe nos enseña los misterios de la intimidad de Dios, y además nos revela quién es el hombre, para qué estamos en el mundo, y cómo podemos contribuir a su verdadero progreso.


Fundamento del principio del “bien común”

           El Señor, en efecto, nos hace entender la dignidad sagrada de cada vida humana. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, con su alma espiritual e inmortal, tiene capacidad de razonar, de amar, y de actuar libremente. Redimido por el amor de Jesucristo hasta la cruz, es el culmen de la Creación y todo lo demás sobre la faz de la tierra está a su servicio. Pero además nuestra fe nos hace comprender que hemos sido creados “para la relación”: sólo en la amistad personal con el Señor y entrando en relación con otros hombres (en el ámbito familiar, profesional, social) alcanzamos nuestra plenitud. Miramos, pues, con amor lo creado, y nos sentimos implicados en la marcha de la historia.

           Con esta mirada de fe la Iglesia entiende que debemos promover en la vida social el principio del “bien común”. Este principio no es una solución de consenso que “dé la razón en partes iguales” al individualismo y al colectivismo. Por el contrario, este criterio, afirmado por la Iglesia en el siglo XX, es la doctrina de siglos anteriores que permite integrar y superar lo que de verdadero había en las dos concepciones enfrentadas.
 

Significado

           El “bien común” presupone que existe “el bien”: el Estado no puede violentar la ley natural, ni puede imponerse a las personas de manera tiránica. La dignidad de cada persona, desde su concepción hasta su muerte, debe ser respetada y protegida. El Estado debe buscar “el bien”, y no puede hacer el mal aunque se lo solicitaran sus propios ciudadanos: el bien común debe prevalecer al interés general y a la voluntad popular.

           Pero debe buscarse el bien “común”. Y por eso debemos buscar el progreso de la sociedad en su conjunto. Procurar un avance social armónico, que evite la injusticia y busque la erradicación de todas las pobrezas de la sociedad (económicas, culturales, morales, etc.). El interés particular no debe protegerse en perjuicio de la sociedad.

Conclusión

          
La cultura de nuestro tiempo esta impregnada del individualismo del siglo pasado (el bien de la sociedad no importa demasiado a cada individuo); el egoísmo de cada uno no tiene más límite que la ley (también las leyes pueden ser modificadas sin referencia a valores éticos); y un excesivo electoralismo desdibuja la frontera entre lo bueno y lo malo, confundiéndolo con lo que interesa, lo que vende, lo que gusta a la gente… Por este motivo, aunque la razón humana puede comprender con facilidad el principio del bien común, y reconocer que permite corregir errores ideológicos de gravísimas consecuencias, es tarea nuestra difundirlo mucho más, conscientes de que no es sólo un modo de pensar sino fundamentalmente un modo de vivir.

            Conviene pedir al Señor que despierte en nosotros la conciencia del bien y del mal; que nos dé lucidez para defender lo que construye la vida humana y fortaleza para rechazar lo que la desnaturaliza o la destruye: “Enciéndenos, Señor, en deseos de extender el bien con caridad en el ambiente de nuestra familia y de nuestro trabajo, en la relación con las personas con las que tratamos. Danos la virtud de la abnegación, para no buscar nuestro interés sino lo que es bueno, y bueno para toda la familia humana. Da sabiduría a nuestros gobernantes para que el orden social y su progresivo desarrollo se subordinen al bien de la persona.
           Gracias, Jesucristo, por tu Iglesia: Ella es Madre y maestra, columna y fundamento de la verdad”.
                                                                                                                                                                                                                           Manuel Vargas

- “El “bien común” no es una solución de consenso entre individualismo y colectivismo”

- “La Iglesia, con extraordinaria valentía ha comunicado al mundo la verdad de Jesucristo, que no caduca ni pasa de moda.”

- “El Estado no puede violentar la ley natural, ni puede imponerse a las personas de manera tiránica”

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