Ir a página de inicio       -      Volver al sumario

Id y evangelizad

Un cura de pueblo
“¿Quieres ayudarme?”
     - Carta abierta a los niños -

          ¡Hola, campeones!

          Aquí estoy, papel y boli en mano, como si os estuviera viendo ahora mismito por una rendija de la puerta de casa: locos de contento, esperando esos regalos que habéis pedido a los Magos de Oriente o jugando con los que os acaban de traer. ¡Chulos!, ¿eh?
          Tenía muchas ganas de escribiros, la verdad. Saludaros, y contaros una historia también:

          Érase una vez un niño que se llamaba Juan. ¡Le encantaba ayudar! Todo el día se lo pasaba intentando ayudar a la gente: a su madre con las bolsas de la compra, al abuelete del 5º en los escalones del portal, a D. Felipe en la parroquia… ¡Y siempre la misma historia! Esa media sonrisa y… “Gracias, Juanito, pero todavía eres muy pequeño. Anda, déjame”. ¿Por qué nunca le dejaban ayudar? ¿Cuánto tiempo tenía que esperar para hacerse grande, y poder ayudar a la gente?

          Un día, jugando al fútbol con su hermano y sus amigos, se enfadaron otra vez con él: “¡Si es que no vales para nada! ¡Te las cuelan todas! ¡Anda, quítate de la portería!”. Juan se fue, llorando, a sentar en los escalones de la iglesia, allí al lado. Empezó a chispear y tuvo que resguardarse dentro, con los ojos llenos de lágrimas. Llevaba un rato allí cuando le pareció escuchar algo detrás, como alguien hablando en voz baja: “Juan”. Miró y no vio nada. Era raro, pero esa voz no daba miedo. Se quedó otro rato aguzando el oído y… ¡volvió a escucharlo, esta vez más claro! “Juan”. Empezó a mirar por todas partes. “Aquí, aquí, al lado de la lamparilla”, dijo la voz. Se acercó hacia allá. Era esa cajita preciosa que la abuela llamaba “sagrario” (¡como la vecina!), y decía que ahí vivía… no, no podía ser… ¿entonces el que le llamaba era Jesús? ¿En serio?

- “¿Quién eres?”, preguntó Juan.
- “Soy Jesús”, respondió la voz. “Oye, ¿podrías ayudarme?”
- “¿Ayudarte?…”, a Juan se le volvió a poner cara triste. “Me encanta ayudar. Pero todos me dicen que todavía soy muy pequeño”
- “¡No, no, tranquilo! Para ayudarme a mí es perfecto que seas pequeño. Me gusta más así”
- “¿Y que voy a tener que hacer? ¿Es difícil?”, preguntó Juan, que todavía no las tenía todas consigo.
- “Pues a ver, míralo tú mismo: Quiero que me ayudes a salvar el mundo”
- “¡Hala, Jesús! Pero esas son cosas de mayores. Mis padres dicen que eso lo hace esa gente que salía hoy en el telediario, en una reunión muy importante. ¡Eso es muy difícil!”
- “No, Juan. No es tan difícil. Basta con que todo el mundo se haga amigo mío, y yo les ponga un corazón bueno, y así haya niños buenos, papás buenos, familias buenas… ¿Qué, te animas?”
- “Entonces… ¿sólo es ayudarte a que la gente te conozca y te quiera y se haga amiga tuya?”
- “Sólo”
- “Entonces…”, dijo Juan, todavía pensativo, “tienes razón: no es tan difícil. ¡Cuenta conmigo!”
          Se despidió de Jesús y salió de la iglesia saltando los escalones de dos en dos, loco de contento y gritando: “¡Tony! ¡Miguel! ¡Venid, tengo que contaros una cosa!”.

          ¿Y tú? ¿Puede contar Jesús contigo para salvar el mundo? Ve tú también a la iglesia y díselo. Es fácil, ¿verdad?

          Y ahora, disfruta con esos regalos tan chulos que te han traído. ¡Y no te olvides de los que no tienen! Para los niños que no tienen regalos, puedes dar 1 €. Y para Jesús, que a veces no tiene muchos amigos, le puedes regalar por lo menos uno: . ¿Te acuerdas de aquella oración tan bonita que aprendiste de pequeño?

Jesusito de mi vida,
eres niño como yo,
por eso te quiero tanto
y te doy mi corazón.
Tómalo, tuyo es, mío no.

 

“Deseo ahora, queridos amigos pequeños, encomendar a vuestra oración los problemas de vuestra familia y de todas las familias del mundo. Y no sólo esto, tengo también otras intenciones que confiaros. El Papa espera mucho de vuestras oraciones. Meditando sobre los terribles sufrimientos que tantos niños han padecido, víctimas del odio, he decidido pediros a vosotros que os encarguéis de la oración por la paz, con la misma fuerza con que rezáis por la paz y la concordia en vuestras familias. El Papa está seguro de que no rechazaréis su petición, sino que os uniréis a su oración por la paz en el mundo”
(Juan Pablo II, Carta a los Niños)

[ Inicio | Quiénes somos | Revista | Actividades | Espiritualidad | P. Hoyos | Humor | Consultas | Libros | Enlaces | Descargas | Contacta ]