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Fe y vida

 

José Ignacio Munilla
Valor y sentido del sacrificio

La expresión utilizada en este tiempo litúrgico para referirse a lo que en el lenguaje coloquial designamos como “sacrificios” suele ser la de “penitencias cuaresmales”. Pero, con uno u otro término, básicamente, nos estamos refiriendo a lo mismo: sacrificio, mortificación, penitencias, abnegaciones, privaciones voluntarias, etc.

              El nº 2015 del Catecismo de la Iglesia Católica, dice: “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas”. Es decir, el Catecismo constata la necesidad del sacrificio como algo del todo necesario para el progreso de nuestra vida espiritual. 
               Veamos brevemente algunas razones teológicas que explican el valor y necesidad del sacrificio.

Sacrificio en pro de la paz interior

 El pecado ha introducido una distorsión en la naturaleza humana. La falta de armonía en la que vive en hombre con respecto a Dios, al prójimo y a sí mismo, no podrá ser reparada sin la propia abnegación y sacrificio. Por ello y paradójicamente, la paz solo vendrá a aquellos que se hacen violencia. No en vano el Evangelio nos advierte que el Reino de Dios sufre violencia (Mt 11, 12).
           
Puesto que sabemos que “el espíritu es firme y la carne es débil” (cf Mt 26, 41), y que en nosotros conviven el “hombre viejo” y el “hombre nuevo” (Col 3, 9); el sacrificio forma parte de nuestra colaboración con Dios Padre, de forma que seamos dóciles a su proyecto de hacer de nosotros hombre nuevos, a imagen de su Hijo.  

 

Sacrificio para la purificación de los pecados

Sabemos que Dios es santo y que para gozar de su intimidad en el Cielo es del todo necesaria la purificación de nuestros pecados. Los limpios de corazón verán a Dios; no así los hombres de corazón turbio. Esa purificación tendrá lugar después de la muerte en el estado del Purgatorio, pero puede y debe ser adelantada en esta vida. Entre los medios para la purificación de nuestros pecados, nuestra madre la Iglesia nos destaca las obras de penitencia. En efecto, las medios principales de purificación que se nos recuerdan en Cuaresma son: oración, ayuno y limosna. Dicho de otro modo: oración-vivencia sacramental, sacrificios-privaciones voluntarias y práctica de la caridad.

 

Sacrificio como expresión del amor

 Con las debidas matizaciones, hacemos nuestro el refrán: “dime cuánto estás dispuesto a sacrificarte, y te diré cuanto amas”. Las obras que necesitan del sacrificio para realizarse son una ocasión preciosa para expresar -y también acrecentar- el amor que tenemos. El sacrificio no sólo es expresión del amor, sino que también es una circunstancia que lo hace crecer. Dicho de otro modo: difícilmente llega el amor a plenitud si no ha sido acrisolado al fuego del sufrimiento y del sacrificio.

 

Sacrificio como identificación con el Crucificado

El amor a Jesucristo tiende a la plena identificación con Él. Y la identificación con Jesucristo nos hace amar la cruz.  Es un misterio que hemos podido comprobar en la vida de muchos santos. En las cumbres de la mística el Señor ha permitido que San Francisco de Asís o San Pío de Pietrelcina, y tantos otros santos,  reviviesen su pasión, experimentando así la plena unión de amor esponsal con El. 

 

Sacrificio para ser corredentores

“Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1, 24). En Cristo y al igual que Él, nosotros somos sacerdotes y víctimas. En el Nuevo Testamento, el sacerdote y la víctima se identifican; ya que Jesús se ofrece en sacrificio, como víctima, Él mismo, no un animal u otra criatura. De la misma forma nosotros; en Él somos sacerdotes y con Él nos ofrecemos como víctimas para la salvación del mundo. Y es que el Señor ha querido hacernos copartícipes de su tarea redentora, de forma que todos nuestros padecimientos y sacrificios no se limiten a ser expresión de amor, o fuente de purificación para nuestros pecados, etc., sino que, por pura gracia, nos permite unirlos al sacrificio de la Cruz, de forma que adquieran una potencia salvadora grandiosa.

El inicio de la Cuaresma es una ocasión propicia para reflexionar sobre el valor y sentido del sacrificio. 

En el presente artículo vamos a describir de una forma somera las razones teológicas que explican su valor y necesidad.

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