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Corazón orante

Arturo José Otero
La certeza de su amor

Comentario al
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2589

Un rasgo constante de los Salmos es la espontaneidad y la simplicidad de la oración.
            No penséis que por usar muchas palabras seréis mejor escuchados por vuestro Padre”, dice el Señor. Eso hacen los paganos, que elaboran discursos rebuscados y palabras ampulosas para hablar con sus ídolos.
            No olvidemos lo de: “si no os haceis como niños…”.

Recuerdo aquella anécdota de una niña, alumna de un colegio de religiosas, que una vez le dijo a una de sus profesoras: “Madre, Jesús me ha dicho que…” Y la religiosa le contestó: “Muy bien, muy bien”, como quitándosela de encima. Y la niña siguió comunicándole varias veces más, en los días siguientes, lo que Jesús le decía, hasta que un día, la religiosa, un tanto molesta, le contestó: “Pues dile que me hable también a mí, que nunca me dice nada”. Y la niña se le quedó mirando con los ojos muy abiertos y le dijo: “Pero madre, si Jesús habla siempre a todos, ¿no será que usted no lo escucha”. Y aquella religiosa pensó: “La lección más grande de mi vida”.
            Y es que el Señor es tan sencillo. Y nosotros también debemos serlo con él. Recuerdo que, al tiempo de mi conversión, dos luces me inundaron de gozo: que el Señor era mi amigo, que se interesaba por mí; y que, ¡era tan sencillo ser amigo suyo! Que la vida cristiana es muy sencilla.

“Mantener la certeza del amor de Dios”. A pesar de las tormentas que se puedan desatar dentro o fuera de nosotros, lo importante es no dejarse llevar por esas “olas”, no determinarse por ello. Esto es: no dejarse determinar por esas cosas que nos vienen a veces y que intentan como envolvernos, y atraparnos, como si nos echaran redes y cadenas para impedirnos ser libres y vivir como zambullidos en Dios. Otra como luz importante en mi vida fue descubrir esto. San Juan de la Cruz explica, al hablar de la esposa del Cantar de los Cantares que busca a su Amado en la noche y es sorprendida por los guardias de la muralla de la ciudad, que le quitan el manto y la apalean, impidiéndole traspasar la muralla, que dichos guardias no son otros que tantos enredos en que nos vemos inmersos. Tantos “negocios” del mundo que nos dejan desabridos y enojados y nos quitan el manto de la paz. Y todo ello es como un muro que impide que descansemos en la amorosa contemplación del Amado, Jesucristo.
            “Mantener la certeza del amor de Dios”. Nada podemos hacer para que deje de amarnos. Podemos impedir que las olas de su amor infinito nos empapen hasta lo más íntimo de nosotros mismos. Podemos hacer que se estrellen en la dureza de nuestro corazón como en un rompeolas sin permitir que, gracia tras gracia, acaricien sin cesar las arenas de la playa. Pero no podemos impedir el flujo y reflujo continuo de ternura que brota del Corazón de Dios por cada uno de nosotros.
            “Mantener la certeza del amor de Dios” es proclamar una vez más que, aunque nosotros seamos infieles, Él permanece fiel porque nos ama con amor misericordioso.
            “Mantener la certeza del amor de Dios” es creer a pies juntillas, sin fisuras, que nadie podrá separarnos de Él.

Y para mantener la certeza del amor de Dios... ¡ayuda mucho estarse con Él!

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