Ir a página de inicio - Volver a menú revista
A corazón abierto
| Javier
de los Reyes El mundo con otros ojos |
||||
|
La verdad es que no sé muy bien por dónde empezar, una vuelta a la vida de fe tiene una repercusión directa sobre todos los aspectos de la vida de una persona y en las más cercanas de su alrededor, por lo tanto os la puedo contar desde varios puntos de vista. De momento nunca lo he contado igual y ya son unas cuantas; unas veces destaco unas cosas y otras veces otras, depende de las personas a las que me dirija, del momento, de mi estado anímico. Esta vez no quiero entretenerme en detalle sobre cómo fue la conversión en sí, sino tan sólo el antes, el después y lo que motivó el cambio. Todos conocemos a alguien que ha vivido ese cambio y todos tienen un aspecto en común: la vuelta al Padre. No importa de dónde vinieras, lo que importa es que antes no le tenías y ahora sí, que antes no vivías en plenitud y ahora sí. Mi caso fue sencillo, el ambiente en el que vivían mis amigos me absorbió y poco a poco fui perdiendo la fe que me dieron mis padres hasta que no quedó nada, o por lo menos yo no podía verla, o mejor dicho, no quería; Dios mas bien era un estorbo incompatible con determinadas actitudes. Era más sencillo eliminarle y seguir viviendo sin remordimientos. Este fue el núcleo de mi negación a Dios, pero estaba condimentado con más cosas. ¿Ateismo? Yo no fui ateo. Ateo no es nadie. Es una excusa demasiado sencilla para evitar el verdadero problema. Éste el problema de gran parte de los jóvenes y adultos que nos rodean. Son personas que para poder vivir más tranquilamente sin tener que dar cuenta a nadie de nada y sin impedimentos morales, apartan sencillamente a Dios de sus vidas, porque Dios es un obstáculo en algo tan sencillo como decir un taco ó emborracharse, tener relaciones sexuales prematrimoniales o consentir un aborto. Son personas que, por supuesto, no tienen ningún argumento consistente para defender su postura, sencillamente porque no se han parado a pensar en ninguno. Son personas que han ido apartando a Dios inconscientemente, simplemente llega un momento en que Dios te parece algo absurdo que supuestamente impide tu “realización” personal. En la mayoría de los casos no es odio, se trata sólo de olvido. Invitado por alguien Por eso es tan fácil (si nos lo propusiéramos) desmontarles y echar abajo sus esquemas. Y yo desde mi experiencia, os digo que basta con que la Verdad se vislumbre por algún lado para que la persona en cuestión ante algo tan obvio caiga de rodillas. Por ejemplo una amistad, un EUC (Encuentro de Universitarios Católicos), un retiro, un campamento, una peregrinación y, sobre todo, unos Ejercicios Espirituales. Éste fue el orden de actividades a las que me apunté (invitado por alguien por supuesto) y en las que la Virgencita fue conquistando mi corazón poco a poco, confesándome finalmente en la peregrinación a Santiago de Compostela. Lo repito: ¡invitado por alguien!. Yo no creía en Dios, y allí estaba. ¿Cuántos como yo estarán esperando una invitación como aquella? Renovada ilusión Estoy profundamente agradecido a la Familia de Santa María. Mi vida actual nada tiene que ver con la que llevaba antes; sí, sigo estudiando y sigo viviendo en casa con mis padres y hermano pero no me refiero a eso. Al recuperar la fe lo ves todo con ojos nuevos porque ves a Dios (al que te ha dado vida) en todo lo que te rodea y te enfrentas a la vida con una renovada ilusión que no tiene visos de desaparecer y que no tiene por qué hacerlo. Si hubiese visitado el mundo entero, tendría que volver a hacerlo porque lo haría con una mirada radicalmente distinta. Para concretar, vivo mi juventud con una mayor pureza, personalmente y con los que me rodean; la vida en familia se vive con una mayor riqueza, sin tensiones que nos traen a todos de cabeza; busco la diversión en sitios que me dignifican e intento dignificar el tiempo libre de mis amigos. Esto último es importante, una vez que conoces a Dios y eres consciente del milagro que ha hecho contigo, inmediatamente deseas que los que te rodean puedan gozar de ese milagro en su propia carne; y aunque cueste y muchas veces no lo hagas por vergüenza o por otros motivos, por lo menos tienes ese deseo cada vez que te cruzas con alguien. Un milagro No he utilizado la palabra “milagro” porque sí. Los cambios que se han obrado en mí no han sido producto de un plan que tuviera elaborado, ni de una “comedura de coco”, y se han ejecutado tan deprisa que es imposible pensar que se hayan producido a fuerza de voluntad. La fe no la he recuperado cuando yo he querido, sino cuando Dios ha querido, por lo tanto es un generoso regalo; quizás lo único que he hecho ha sido esperar con confianza a que se produjera el acontecimiento, pero incluso esta actitud fue inspirada por el Espíritu Santo. El secreto es la oración Lo que movió a Dios a mostrarme su rostro fue sin duda su amorosa misericordia, y ésta, a su vez, fue movida por las constantes oraciones de las personas que me quieren y las que tenían conocimiento de mi bagaje. Soy producto de la oración, ¡y pensar que a veces creía que estaba solo! Nunca estamos solos. La oración es un instrumento increíble que Dios ha puesto a nuestra disposición, deberíamos confiar muchos más en este medio y un poco menos en nuestras propias fuerzas. Conseguiríamos más cosas de las que pensamos. Jesús nos lo dice en el Evangelio: Pedid y se os dará (Lc 11, 9). Ojalá fuésemos conscientes de esto y nos lo creyésemos, pero nuestra fe flaquea a cada paso. Por eso la primera oración que deberíamos hacer es: “Señor, creemos en ti, pero aumenta nuestra fe”. Es la primera que hice y la que sigo haciendo. Incluso los que no creen, deberían empezar con esta plegaria tan sencilla. No se pierde nada y da resultado, a mí me funcionó. Y como he hablado de la oración, por supuesto, voy a hacer mención de lo trascendental que ha sido en este proceso la vocación de mi hermana. Desde hace unos años -pocos- vive en un convento de clausura de clarisas y cuando planteó la vocación en casa, yo todavía no creía. Yo pensaba: “Si mi hermana se mete a monja mas vale que Dios exista”, y ella, por su parte, contemplativa como iba a ser, rezaba. Todo esto es increíble y no puedo por menos que dar gracias. A veces se me olvida y me subo a un pedestal, pero cuando recuerdo cómo estaba antes y cómo estoy ahora, me doy cuenta de que nada es mío y de que todo lo he recibido, y de la única manera que he podido conservar esa fe ha sido volviendo continuamente al punto de partida de confianza en la oración asumiendo mi pequeñez: “Señor, creo en ti, pero aumenta mi fe”. Por todo esto, por esta nueva vida doy gracias a la Virgen María a quien he sentido muy cerca antes y ahora.Javier de los Reyes |
El pasado verano decenas de miles de jóvenes cristianos de toda Europa peregrinaron a Santiago, convocados por el Papa. Una nimiedad si se compara con el número total de peregrinos de este Año Jacobeo, que se cuentan por millones. Pero para cada uno de ellos el camino puede marcar definitivamente su vida. Así le sucedió a Javier, un joven universitario que recuperó la fe perdida en el verano de 1999, peregrinando con la Milicia de Santa María |
|||
[ Inicio | Quiénes somos | Revista | Actividades | Espiritualidad | P. Hoyos | Humor | Consultas | Enlaces | Descargas | Contacta ]