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Testigos de Jesús
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Alberto J. González |
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Hijo de diplomático, tenía ascendencia plurinacional. Sobre todo, española. Se traducía en su mentalidad, en su carácter. Nació en Londres el 10 de octubre de 1865, y sus primeros años discurrieron en Inglaterra y Bélgica, donde su padre fue Ministro de España. A la vez inquieto y dócil, ingenioso y discreto, recto y simpático, natural y piadoso, obediente y diplomático, desordenado y talentudo; llamaba la atención la limpieza transparente de su mirada. Jugador de tenis y cricket, nadador; montaba a caballo, practicaba el tiro; asistía sin hacer melindres a las fiestas de la mejor sociedad belga. A sus 18 años, estudiante de Filosofía en Ushaw, Inglaterra, era el más ingenioso en juegos y bromas, y al mismo tiempo sumamente ecuánime. Se imponía con su sonrisa. Educación esmerada, talento clarísimo, voluntad disciplinada y enérgica... Dios se había volcado con él. Sueña
con la conversión de los protestantes de Inglaterra: será sacerdote. Con
20 años, recibe las órdenes menores. León XIII dispone que vaya a la
Academia de Nobles Eclesiásticos, en Roma; es el alumno más joven y el
único no sacerdote. Con solos 22 años, el Papa le hace Monseñor para ir
a Londres en legación pontificia. Rafael recibe en Roma el
diaconado, el 27 de mayo de 1888; y el 30 de diciembre, el
presbiterado. Será la suprema aspiración de su vida: Señor, dame
almas, y quítame todo lo demás. Aquel diplomático de elegancia sobrecogedora, nunca dejó de tener un alma de niño, haciéndose “pequeño con los pequeños”. Durante cuarenta años todas las tardes fue al romano barrio del Trastevere empujado por su celo de las almas. En 1890 fundó, con siete chicos, la “Pía Asociación del Sagrado Corazón de Jesús in Trastevere”, durante años una de las más florecientes de Roma. Siendo Secretario de Estado, el Cardenal quiso seguir encontrándose todos los días con sus chicos. Cooperó también -como cofundador y primer director espiritual- con el Beato Manuel Domingo y Sol en la fundación del Colegio Español de San José en Roma, en 1892. A la muerte de León XIII, Merry fue designado secretario del cónclave que eligió a Pío X. El nuevo Papa quiso tener junto a sí, ante el general asombro, a aquel jovencísimo prelado: “Trabajaremos juntos y juntos sufriremos por amor a la Iglesia”. Cardenal Secretario de Estado, Merry ofreció la oblación de sus 38 años en holocausto por la Iglesia y el Vicario de Cristo. Il mio Merry, se complacía en llamarle San Pío X. La colaboración trajo consecuencias preciosas: la reforma de la música sacra (Merry era un excelente pianista compositor); la batalla contra el modernismo, “cifra de todas las herejías”; la comunión temprana y frecuente; el impulso de los estudios bíblicos, limpios de excrecencias naturalistas y de errores luteranos; la reforma de la Curia; las leyes para la disciplina del clero; la defensa de la libertad en Francia, Alemania, Portugal, Méjico, Rusia... El estallido de la Gran Guerra mató de pena a Pío X: “Deseé evitarlo y no pude...”. Merry escribió entonces: Mi corazón está destrozado. Le amaba con todas las fibras de mi alma; era para mí más que un padre y siento como si no pudiera vivir sin él. Era verdaderamente un santo. Cercana su muerte, Pío X había nombrado Arcipreste de la Basílica de San Pedro a su Cardenal, que mimará el decoro del culto. Con Benedicto XV, Merry será Secretario del Santo Oficio, trabajando, además, en otras muchas Sagradas Congregaciones. No deja su Trastevere, sus predicaciones, su confesonario... El 26 de febrero de 1930, una simple operación de apendicitis le llevó a reunirse para siempre con su Papa. Hay que morir alguna vez, dijo. Sin ruido. Como quiso vivir. Como Jesús, manso y humilde de corazón. Tejiendo, con sus trabajos y sus días, una sobrecogedora letanía de humildad. Libre del deseo de ser estimado, elogiado, ensalzado, preferido, consultado... Libre del temor de ser humillado, despreciado, calumniado, olvidado, ridiculizado, injuriado... Anhelando que otros sean más estimados, más considerados que yo; que otros crezcan en la opinión del mundo, y yo mengüe; que otros sean empleados en cargos, y se prescinda de mí; que otros sean ensalzados, y yo no; que otros sean preferidos a mí en todo... Que otros sean más santos que yo, con tal que yo lo sea en cuanto puedo... |
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