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Ésta es la paradoja de nuestro tiempo que me pasa amablemente un amigo:
“Tenemos edificios más altos, pero templos más pequeños; autopistas más
anchas, pero puntos de vista más estrechos; gastamos más dinero, y cada
vez disfrutamos menos. Tenemos casas más grandes, y familias más pequeñas;
más educación y menos sentido; más conocimiento y menos juicio; más
expertos y más problemas; más medicinas y menos bienestar. Comemos en
exceso, fumamos mucho... y reímos poco”.
“Hemos
multiplicado nuestras posesiones, pero reducido nuestros valores. Hablamos
demasiado, pero amamos muy poco. Hemos aprendido a ganarnos la vida, pero
no a disfrutarla. Le hemos sumado años a la vida, y no vida a los años.
Hemos conquistado el espacio exterior, pero no el interior. Escribimos
mucho, pero aprendemos poco. Ganancias más altas, pero moral más baja.
Ésta es la época de la paz mundial, y a su vez, de la guerra doméstica.
Más tiempo libre y menos diversión. Casas muy bellas, pero más cantidad
de hogares rotos”. Y es que como bien dice Bosmans: “El drama de
Occidente es poseerlo todo y no poder disfrutar de nada”.
El
dinero nos está empobreciendo. Bien lo sabía Cristina Onassis, hija del
que fuera el hombre más rico del mundo. Poco antes de ingerir unas
pastillas que la llevarían a la muerte dejó escrito: “Soy tan pobre,
tan pobre, que sólo tengo dinero”. Y otra mujer, riquísima, -muy
bella, por cierto-, con casas en medio mundo, y una legión de criados,
cuentas corrientes y abrigos de visón... también quería morir. Tomó
unas cuantas pastillas para desaparecer de este mundo. Afortunadamente los
médicos lograron salvarla. Poco después confesó a un amigo su desdicha:
“Habría renunciado a todo, a todo, si sólo hubiera conocido un poco de
amor y de amistad”.
En
nuestras casas tenemos de todo: televisión, radio, nevera, lavadora,
ordenador, confort... Son instrumentos que nos hacen la vida más cómoda;
es indudable. Y no son desechables. Pero si falta el amor, si no hay paz
en el corazón, y ni tan siquiera ilusión por vivir, es preferible
habitar en una casucha en donde reúnen esas cualidades tan obligatorias
en la vida, que estar rodeado únicamente de un lujo, que de por sí,
lleva a una prematura muerte del alma.
Por
eso debemos reeducar nuestra mente. Desechar esos mensajes que han calado
en nuestro subconsciente y que dicen “que con dinero se puede comprar
todo”. Que yo sepa la felicidad sigue sin venderse. Y sin embargo, la
región más deprimida del planeta continúa siendo el corazón humano,
que no se sacia con viajes exóticos, poder, dinero o prestigio... sólo
pide querer y que le quieran. Así de simple y barato. Sin necesidad de la
Visa o la Mastercard. En este año, quiero ambicionar menos cosas y
disfrutar de los buenos momentos que todos los días nos concede el Señor. |
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Lo poseemos
todo
y no disfrutamos
de nada
"Soy tan
pobre,
tan pobre, que
sólo tengo dinero" |