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Corazón orante

Arturo José Otero
Oración personal

Comentario al
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2586


            La oración es siempre personal. Voy a tratar ahora acerca de algunos términos que hacen referencia a la oración.

En primer lugar, se suele llamar oración personal a la oración sosegada -a veces dramática-, en silencio, entre el Señor y tú. Y lo es. La oración es un trato personal, de tú a tú, con el Señor. Pero es un error contraponer estos momentos de oración personal a otros en los que oramos con más personas, en alto, en comunidad. Se suele decir que la oración comunitaria (en la Misa, o cuando rezamos alguna parte de la Liturgia de las Horas o del rosario, etc. con otros) no es oración personal. Y esto es un error. Cuando oro con otros hermanos o hermanas en alto, recitando salmos, cantando, etc. es oración personal. ¿O es que en ese momento no estoy tratando personalmente con Dios?

Por otra parte se habla de oración mental, para distinguirla de la oración vocal. Bien. La oración vocal es orar pronunciando palabras (o, en ocasiones, se refiere más a orar con oraciones ya hechas, aunque no se lleguen a pronunciar de manera que se oiga). La oración mental es hablar sin pronunciar palabras o, más en concreto, tratar con el Señor sin utilizar ninguna fórmula u oración ya hecha. La llamada oración mental, más que de la mente, es oración que brota del corazón. Dice santa Teresa que la oración no consiste en pensar mucho sino en amar mucho. En definitiva, siempre que oramos de verdad, oramos con todo nuestro ser.

Para orar no hay que concentrarse. Uno se concentra para estudiar, por ejemplo, pero para orar no hay que concentrarse, sino recogerse. Recogerse descansando en Dios.

¿Qué quiere decir que los salmos “alimentan y expresan la oración del Pueblo de Dios”? Pues dos cosas: alimentar y expresar. 

Alimentar es ingerir algo de fuera de mí y hacerlo mío. Los salmos alimentan en tanto en cuanto son una ayuda que el mismo Señor nos brinda para dirigirnos a Él. Dios pone en nuestros labios las palabras adecuadas. Y expresan porque esas palabras se corresponden a los sentimientos y situaciones más diversas y vitales que podemos vivir. Raro será que en todo el salterio (ciento cincuenta salmos) no encontremos al menos uno que exprese lo que en cada momento estamos viviendo. El Señor conoce bien el corazón humano, no sólo por ser Dios, que nos ha creado, sino porque él mismo tiene corazón de hombre, pues asumió nuestra débil condición humana en el seno de María. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, también se sirvió de los salmos y de otros pasajes de la Escritura para expresar los sentimientos más profundos y variados de su humanidad. Y como Jesús nos lleva a todos en su seno, siempre que oramos sirviéndonos de algún salmo, aunque en ese momento no coincida con nuestra vivencia personal, sabemos que algunos hermanos o hermanas nuestros, en alguna parte del mundo, están experimentando la vivencia que ese salmo expresa y nos hacemos un solo corazón con ellos. Un solo corazón en su Corazón.

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