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Testigos de Jesús

 

Eduardo Vadillo
Pío IX: el Papa de la Inmaculada

Su figura no deja a nadie indiferente: el pontificado más largo de la historia (más de treinta y un años), la pérdida de la soberanía temporal del Papado y el Concilio Vaticano I con la definición de la infalibilidad pontificia cuando se dan las condiciones requeridas, entre otras muchas cosas.

Juan María Mastai-Ferretti nació en Senigallia el 13 de mayo de 1792, y ya desde su infancia fue muy devoto de la Eucaristía y de  la Virgen María. Esta última devoción se acrecentó todavía más cuando tuvo que interrumpir sus estudios eclesiásticos a causa de la enfermedad de la epilepsia y recobró la salud tras acudir al santuario de la Virgen de Loreto.
           Se ordenó de sacerdote en 1819 y siempre se tomó en serio todo lo referente a la vida espiritual: prácticas de piedad sin concederse excepciones, inscripción en la orden tercera de san Francisco, diversas reuniones espirituales, etc. Este tono espiritual lo mantuvo tanto en su ministerio sacerdotal, en la dirección de varios orfelinatos, como en las diversas diócesis que pastoreó como obispo y también durante los largos años de su pontificado.

 

El horario de un Papa

              Es significativo recordar su distribución de la jornada: se levantaba a las cinco, dedicaba las dos primeras horas a la oración, la Misa y la acción de gracias; posteriormente despachaba los asuntos más urgentes y desayunaba a las nueve; hasta las dos, hora en que comía, recibía a los cardenales y demás responsables de la curia y atendía la correspondencia; después de comer rezaba el rosario paseando y parte del oficio divino; cuando todavía era soberano del estado pontificio por la tarde hasta las cinco solía recorrer las calles de Roma o hacía diversas visitas, incluso hasta explicaba el catecismo a los niños; de cinco a nueve seguía despachando; posteriormente cenaba, rezaba el resto del oficio divino y se retiraba.

              Todo esto nos indica que era un hombre profundamente espiritual, y su amor a Dios se extendía y manifestaba en su amor a la Iglesia. Aunque desempeñó cargos de mucha responsabilidad era, por temperamento, ajeno a todo lo que pudieran ser intrigas clericales. Asimismo su carácter era afable y bonachón, con bastante simpatía, de ahí que muchos le compararan con el beato Juan XXIII y de hecho Juan Pablo II quisiera beatificarlos juntos; es más, el mismo Juan XXIII pensó ya en beatificar a Pío IX.

 

Bandera discutida

               Sin embargo, a pesar de la piedad y bondad personal de Pío IX, su figura ha sido discutida por determinadas actuaciones en relación con la situación socio-política de la época. Muchos consideraron un error que el Papa se opusiera a la invasión de los Estados Pontificios y la unificación de Italia; hoy es muy fácil decir que para que el Papa tenga una mínima libertad basta que no sea súbdito de ningún otro estado, de manera que el simbólico Estado Pontificio garantiza la necesaria libertad del sucesor de Pedro. Sin embargo, en su época no estaba tan claro, y desde luego los gobernantes de la Italia recién unificada no se puede decir que pusieran las cosas fáciles a Pío IX. Por otra parte algunos de sus documentos, como el Syllabus, en el que condena las libertades modernas, a muchos les resulta incómodo; es cierto que el lenguaje responde a la manera retórica de la época, pero lo que en el fondo recordaba Pío IX en esos documentos es que el orden temporal no puede edificarse de espaldas a Dios, y mucho menos con un liberalismo laicista agresivo, que es, precisamente, el problema que tuvo que afrontar Pío IX. No conviene olvidar que ese liberalismo es el que dio lugar a la mayor explotación laboral jamás conocida y a un colonialismo exacerbado.

 

Ante todo, buen pastor

             Ahora bien, estos aspectos más discutidos de su actuación, y que se explican y entienden perfectamente si se sitúan en su contexto, no deben ocultar el aspecto principal de Pío IX: fue un pastor según el corazón de Cristo. Procuró favorecer las misiones, la formación sacerdotal, la piedad de los fieles, y la vida religiosa, que a pesar de todas las dificultades de la segunda mitad del siglo XIX experimentó un desarrollo notable. Tampoco hay que olvidar el Concilio Vaticano I, donde se definieron cuestiones fundamentales referentes a la fe y la razón, así como a la naturaleza del ministerio papal, aunque no pudo concluirse debido a la invasión italiana de Roma; ni podemos silenciar la definición del dogma de la Inmaculada.

Quizá las dos lecciones principales del beato Pío IX son su amor a la Iglesia y su amor a la Virgen, dos amores que siempre suelen ir unidos.

Pocos santos o beatos podrían merecer más un recuerdo en este mes que el papa Pío IX, precisamente porque fue él quien proclamó hace ciento cincuenta años el dogma de  la Inmaculada Concepción de la Virgen María

 

 

 

 

 

“Su carácter era afable y bonachón, de gran simpatía”

 

 

 

 

“Favoreció las misiones, la formación sacerdotal, la piedad de los fieles
y la vida religiosa”

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