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PINCELADAS


Ricardo Vargas
PALABRAS

            Está de moda la “renovación”. Palabras como “progreso”, “reforma” y “revolución” son hoy moneda de uso corriente (aunque en esto como en todo, la cosa va por barrios: a unos les gusta más una, a otros otra...).

Y no es que un servidor esté en contra de algo tan saludable. Lo que ocurre es que a veces le da la impresión a uno de que el verdadero cambio a mejor no es cuestión simplemente de palabras. Vamos, que no se quitan de un plumazo las dificultades vitales de una persona ciega sólo porque decidamos llamarle “discapacitado visual”. Ni desaparecen las dificultades de aprendizaje de una niña “cortita” por el mero hecho de que pasemos a calificarla de “ACNEE” (palabrota que, para los no-iniciados en la jerga educativa, se traduce como “Alumna Con Necesidades Educativas Especiales”... ¡casi !). La verdadera renovación ha de ir mucho más al interior de la persona para que sea real y provechosa. Que ya decían nuestros mayores que “obras son amores, y no buenas razones”.

 

            Pero no crean, amigos, que aún así el asunto de los términos en que nos expresamos sea un tema menor. ¡Pues no da poco contento ver que a pie de calle -y no porque haya faltado empeño en modificarlo por parte de algunos- se abre este mes con el “puente de la Inmaculada”, cuando no “de la Purísima” ¡Que por muy importante que pueda ser -¿quién lo pone en duda?- la norma suprema de nuestro ordenamiento jurídico, ratificada en referéndum hace ahora 26 años, poco monta al lado de la fiesta de María Inmaculada. Vamos, ¡digo yo! 150 años se cumplen ahora desde su definición dogmática. Muchos más siglos hace que vibran con ella los hijos de esta tierra, y no lo pueden disimular. Se nos nota hasta en la manera de hablar. Y quiera Dios que en muchas cosas más.

 

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