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María, mujer,       
madre y amiga

 

Cándido Pozo, SJ
María Inmaculada:
          inmune de toda mancha

Inmune de toda mancha

Desde el día de esta solemne declaración magisterial del Papa han pasado ya 150 años que se cumplen exactamente el próximo 8 de diciembre. Los hijos de la Iglesia que han peregrinado hacia la casa del Padre en este espacio de tiempo, han podido tener así ante los ojos, durante su caminar, la figura esplendorosa de Nuestra Señora, rodeada, ya en el primer instante de su existencia, de una luz que ninguna mancha disminuye o empaña.

María fue inmune de pecado original, más aún, inmune también de toda otra mancha de pecado. Es conocido el intento medieval de definir la Inmaculada como dogma de fe en el Concilio de Basilea (1439). Desgraciadamente la fecha de ese intento de definición es posterior a la traslación del Concilio por el Papa (traslación que los Padres conciliares, en una situación compleja de tensión,  no aceptaron); se trató, por ello, de un acto inválido por ser posterior a la conclusión jurídica del Concilio. Pero vale la pena recoger respetuosamente las palabras con que el Concilio expresaba su visión de la Santísima Virgen: María «fue siempre inmune de toda culpa original y actual». La fórmula de Basilea tiene el interés de que quiso ser una definición no sólo de la concepción inmaculada de María, sino de que Ella, además de carecer de la mancha de pecado original, estuvo exenta de toda mancha de pecado durante toda su vida; estuvo libre tanto de la mancha heredada del pecado de los primeros padres con la que todos los demás entramos en este mundo, es decir, la mancha del pecado original, como de manchas procedentes de pecados personales que Ella hubiera cometido. Se trata, por tanto, de haber querido definir la santidad total de María tanto en el tiempo (María careció de toda mancha desde su Concepción a su Asunción al cielo), como por lo que se refiere a toda clase pecados (personales y original).  

El tema de que María no tuvo mancha de pecados personales, se explicó muy cuidadosamente en el Concilio de Trento. Su doctrina sobre la Santísima Virgen en este tema puede y debe ser punto de referencia para nuestra vida ascética personal, para nuestra vida espiritual, si la miramos en sí y en sus presupuestos teológicos que se difundían en la Iglesia desde los tiempos de san Agustín. Procuremos empezar recogiendo esos presupuestos.

 

Qué podemos con la ayuda de la gracia de Dios

Tenemos que ser conscientes de que cada uno de nosotros con la ayuda de la gracia de Dios puede evitar, a lo largo de toda su vida, todo pecado mortal. Dios no manda imposibles cuando nos proclama la obligatoriedad del decálogo. Tal obligatoriedad es alcanzable con la ayuda de Dios, con la gracia de Él. Como ya decía san Agustín en diálogo con Dios: «Da lo que mandas y manda lo que quieras» (Confessiones 10, 29, 40). «Dios no manda imposibles, sino al mandar te avisa que hagas lo que puedas, y pidas lo que no puedas» (De natura et gratia 43, 50). «El que quiera y no pueda, sepa que todavía no quiere plenamente, y rece para tener tanta voluntad cuanta basta para cumplir los mandamientos. Pues así es ayudado para que haga lo que se manda» (De gratia et libero arbitrio 15, 31)).  

Por el contrario, sin un privilegio especial de Dios, que la Iglesia no conoce haberlo tenido ninguna persona humana más que la Santísima Virgen, no es posible evitar todo pecado venial a lo largo de la vida entera. Si se atiende a la historia de la redacción de este texto del Concilio, sus afirmaciones no pretenden que no pueda evitarse con la gracia de Dios todo pecado venial plenamente deliberado (los pecados veniales que son tales por su materia que en sí no es grave, pero que se cometen a ciencia y conciencia). El Concilio parece referirse más bien a pecados veniales semideliberados. Son pecados que proceden de un acto nuestro que hubiera podido evitarse, si estuviéramos más atentos a nuestro comportamiento; por ello, los pecados veniales semideliberados, por el grado de responsabilidad que se contiene en no haberlos evitado pudiendo, desagradan a Dios y, en este sentido, son verdaderos pecados.

Pero el problema real radica en que la psicología humana, aunque habría podido evitar cada uno de esos pecados veniales semideliberados en concreto, no tiene capacidad para vivir en plena atención y en un completo control propio sobre sí misma las veinticuatro horas del día. Por ello, es inevitable la presencia de este tipo de pecado a lo largo de nuestra vida o en un período largo de tiempo. Más aún, yo diría que el pecado venial semideliberado se introduce más frecuentemente en nuestras vidas. Es muy significativo que en la Iglesia primitiva estos pecados veniales se llamaran «pecados diarios» (peccata quotidiana) para expresar la presencia diaria de ellos en nuestras vidas, en nuestro caminar.

Es muy característica la situación de Pedro en la última cena durante el lavatorio de los pies. En un primer momento se cierra del todo a la idea de que Jesús le lave los pies: «Jamás me lavarás tú los pies» (Jn 13, 8). Jesús le reprende poniendo la aceptación de un lavatorio hecho por el mismo Jesús como condición para tener parte con Él: «Si no te los lavare, no tendrás parte conmigo» (Ibid.). Ante esta perspectiva, Pedro pasa del extremo de rechazar el lavatorio a pedir un lavado completo de todo su cuerpo; reacciona con aquel grado de máxima generosidad que será una característica de su psicología: «Señor, entonces no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza» (Jn 13, 9). Jesús reacciona limitando lo que Pedro ha de hacer y describiendo también lo que es la situación espiritual del mismo Pedro: «El que se ha bañado no necesita lavarse, está todo limpio; y vosotros estáis limpios, pero no todos» (Jn 13, 10). El que se encuentra en estado de gracia santificante, no necesita un lavado de todo el cuerpo; el lavado completo corresponde a quien está manchado seriamente, al que se encuentra en pecado mortal.

Pero el conjunto del relato implica que aunque se esté y se permanezca en estado de gracia, el tener que caminar por el desierto hace inevitable que el polvo y la arena se peguen a nuestros pies. Se comprende que Jesús haya rechazado con respecto a Pedro la hipótesis de un lavado completo (Pedro está limpio). Pero mantiene la necesidad del lavatorio de los pies. El hombre que vive en estado de gracia, ha de ser consciente de que tiene que buscar una ulterior purificación, la eliminación del polvo que se le pega a los pies. No olvidemos que nada manchado puede entrar en la presencia del Señor. Es éste un principio fundamental que se enuncia en el Salmo 15, probablemente, como pensaba Orígenes, refiriéndose a las condiciones necesarias para entrar en el tabernáculo celeste: «Yahveh, ¿quién morará en tu tienda? ¿quién habitará en tu santo monte? - El que anda sin tacha». Ello hace ineludible para el cristiano la búsqueda seria de la purificación. Pues ha de ser consciente de que tal purificación o se realiza en este mundo o tiene que ser prestada en el otro, como enseña la doctrina de fe sobre el purgatorio.

 

María con su Hijo Jesús en un plano superior

Toda esta doctrina sobre la necesidad de buscar purificación no es, en modo alguno aplicable, a la Santísima Virgen, ya que en Ella no hubo mancha alguna que limpiar. Ella, la Nueva Eva, se sitúa junto al Nuevo Adán, Cristo: ambos absolutamente limpios, ambos inmaculados. Lo expresaba perfectamente san Efrén, dirigiéndose al Señor: «Ciertamente, en realidad, sólo tú y tu madre sois los completamente bellos en todo aspecto, porque en ti, Señor, no hay mancilla ni hay en tu madre mancha alguna» (Carmina nisibena 27, 8).

Esta inaccesibilidad última de la figura de María no debería ser una dificultad insuperable para una espiritualidad mariana de imitación. Tampoco es alcanzable la figura de Jesús y, sin embargo, en la historia de la espiritualidad cristiana es esencial el tema de la imitación de Cristo, aun a sabiendas de que nunca lo alcanzaremos en nuestra carrera. Corramos tras Cristo y María. Acerquémonos cada vez más a ellos. En ese acercarnos cada vez más a estos ejemplares supremos, radica la meta que Dios quiere para nosotros.

 

El 8 de diciembre de 1854, el Beato Pío IX, apelando a su suprema autoridad de Magisterio en la Iglesia y al carisma de infalibilidad que la acompaña, definió solemnemente «ex cathedra» que «la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano» (Denzinger, 1641)

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