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Queridos
amigos:
La
semana pasada se disputó
la Melbourne Cup.
Se trata de una carrera de caballos, pero es la única carrera capaz de
parar este país. Aunque fuera martes,
toda Australia se detuvo para verlo. Y lo mismo ocurre todos los años.
La gente que
no ha cogido un avión para asistir en directo, se reúne con sus amigos
delante de un televisor y hacen apuestas sobre quien será el ganador. Los
periódicos, desde varias semanas antes, han ido informando de todos los
detalles: los caballos, sus historiales, sus jinetes, el peso de los
mismos, sus preparadores, sus dueños, y hasta sus gustos personales -o
animales- son materia más que relevante para los periodistas.
A
mí me toco este año ver
la Melbourne Cup
en una parroquia. Allí se reúnen unos feligreses, casi todos mayores o
muy mayores, y ponen una TV y una pizarra con todos los datos posibles e
imaginables. Un amable señor va recogiendo las apuestas. Como el director
espiritual del seminario y un servidor no apostábamos, apostaron ellos
por nosotros. A mi me tocó un caballo que se llamaba Zulaya o algo así
-desde luego recuerdo que empezaba por Z-. Una amable señora octogenaria
se creyó en el sagrado deber de entretenerme hasta que la carrera
empezase. Yo contestaba a sus preguntas en mi ingles macarrónico como
bien podía, mientras daba sorbos a una lata de cerveza.
Cuando llego
el momento culminante, todos se apresuraron a sentarse en sus asientos. Un
silencio reverente envolvió el acto casi litúrgico durante los escasos
minutos que emplearon los caballos en recorrer las dos millas.
El
caso es que Zulaya iba ganando y yo, hasta entonces perfectamente
indiferente, empecé a experimentar un repentino interés por las
carreras, y a estirar el cuello por encima de la cabeza del señor de
delante, que no me dejaba ver. Zulaya -o como diablos se llamase- se
mantuvo el primero hasta los últimos
50 metros
, cuando fue adelantado por cuatro oportunistas de ultima hora que hasta
entonces se habían aprovechado de su rebufo.
Venció un
tal “no-se-qué” Diva. El jinete ciertamente se puso muy contento. Lo
mas gracioso es que otro jinete ataviado con su clásica indumentaria hípica
le entrevisto de-caballo-a-caballo
con su micrófono de la cadena 7. ¡Cosas de la técnica!
Australia
es muy inglesa, más de lo que parece. Aquí la bandera sigue incluyendo
la Unión Jack
en su parte superior izquierda y
la Reina
de Inglaterra sigue siendo también Reina en la "colonia" (cosa
que ratificaron hace poco con un referéndum, por si quedaba alguna duda.
Pero no creáis, que al mismo tiempo son “muy suyos”. Ayer se
celebraba el Remembrance Day, cuando Australia recuerda a sus 60.000 caídos en
la I
Guerra
Mundial. El 11 de noviembre a las 11:00 horas terminó la guerra, y es cuándo
lo celebran. Este año acudí con mi amigo Sagay, sacerdote indio de
la India
y tamil para mas señas, a Wongan Hills. Allí se reunían el ayuntamiento
con los niños del colegio y los ministros de las confesiones anglicana y
católica, en torno a un obelisco conmemorativo y un viejo cañón de
la II
Guerra
Mundial. Los “ministros” católicos llegamos tarde pues creíamos que
empezaba a las 11:00 y era a las 10:45. Menos mal que la ministra
anglicana estaba al quite. La tal ministra es una señora joven, casada,
que iba vestida con camisa de clergyman negra con la correspondiente tirilla blanca -como las
nuestras- y una falda a juego, de flores blancas y negras. ¡Muy mona,
ella!
Una
vez sobrepuesto de mi impresión y cantados los himnos acostumbrados,
terminó el acto y nosotros nos volvimos a casa sorteando las zonas de
asfalto derretido por el calor abrasador que estamos padeciendo.
Por la tarde
celebramos la eucaristía en la parroquia, sin feligreses. Se da la
circunstancia de que era mi Misa numero 7.500. En 18 años y 36 días de
sacerdocio, sale a una media de 414 misas al año (o sea, una al día y
dos el domingo, más o menos). Los matrimonios y bautizos habrán sido
unos cuantos cientos, y las confesiones, por lo menos más del doble de
las Misas. ¿Que por qué estas estadísticas? Pues porque me gusta
saberlo.
El evangelio
del día decía que al siervo se le exige que sirva primero a su Señor,
que después ya comerá y beberá él cuando le toque. Que es un siervo inútil
y que cuando haga lo que tiene que hacer nadie tiene porque agradecérselo
pues es su deber. Mas claro, el agua.
De
todas formas, rezad por mí y por esta secularizada Australia.
Estamos
en primavera y con mucho calor. Como siga aumentando, no sé que pasará
en enero y febrero, que es el verano de aquí. Prefiero no pensarlo.
Un
fuerte abrazo y la paz.
Gonzalo,
el "ministro"
Vicerrector del Seminario Misionero de Perth
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