Ir a página de inicio       -      Volver a menú revista

Corazón orante

 

Arturo José Otero
La oración personal

           La oración es algo tan personal que nadie ora exactamente igual que otra persona. La oración es el trato personal de cada uno con el Señor. Nadie, por ejemplo, puede tratar personalmente con un amigo como yo trato con él. Ni tampoco puedo decir a otra persona: “Hoy no puedo estar con este amigo porque me ha surgido un asunto importante que debo atender. Ve tú con él como si fuera yo”.
           Y de la misma manera el corazón de la oración, es decir, ese “impulso del corazón”, ese afecto personal de cada uno por el Señor, no puede sustituirlo nadie. Y aunque oremos muchos y al mismo tiempo con las mismas palabras, por ejemplo, cuando rezamos el Padre nuestro en la Misa, cada uno nos dirigimos a Dios Padre de una manera única. Es como si los cinco hijos de una madre le dijeran al mismo tiempo “te queremos mucho”, cada uno se lo dice de una manera única, personal.

            Podemos decir que la oración es un “grito de agradecimiento y de amor” dirigido al Señor, tanto en los momentos felices como en los peores momentos. El amor y la confianza en quien se ama, tratándose sobre todo de Dios (que nunca nos falla, que es siempre fiel a nosotros aunque nosotros le fallemos) van siempre de la mano, inseparables: un amor confiado. Y cómo podremos amar sin la ayuda de de Dios. Sin él no podemos hacer nada. Pero el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que habita en nosotros. Este Santo Espíritu ora en nosotros porque ama en nosotros. Y se hace una sola cosa su amor y el nuestro, su oración y la nuestra.

            Dios Padre es tan bueno con nosotros, sabe que somos tan pobres, tan necesitados, que no sólo viene en ayuda nuestra enviándonos a Jesús como Maestro interior, sino que incluso ayuda nuestra debilidad ofreciéndonos las palabras que nos ayuden a dirigirnos a él. Así, el Espíritu Santo inspiró también preciosas oraciones (algunas son verdaderas composiciones poéticas) que podemos hacer nuestras para dirigirnos a los Tres. Entre estas oraciones inspiradas por Dios destacan los salmos. Oración de petición y alabanza, de súplica, de arrepentimiento, de gratitud. El Libro de los Salmos, obra maestra de la oración del Antiguo Testamento, tiene como verdaderos autores a Dios y a los hombres inspirados por él, que lo compusieron en las más diversas situaciones y estados interiores. Así podemos cada uno de nosotros encontrar un salmo apropiado para cada circunstancia en que nos encontremos, al mismo tiempo que abrimos nuestro corazón a los sentimientos que éstos inspiran.

            Dice la Escritura del rey David (uno de los autores que, bajo la inspiración del Señor, compuso salmos) que “de todo corazón amó a su Creador, entonando salmos cada día”. La palabra “salmo” bien puede traducirse por “alabanza”. Alabanza y acción de gracias a Dios. Alabanza agradecida al Señor debe ser nuestra oración. Un impulso del corazón, un grito de agradecimiento y de amor al que siempre es tan bueno con nosotros, aunque a veces lo pasemos mal. Que como el rey pastor y poeta amemos a Dios de todo corazón alabándolo en todo momento y cualquier circunstancia de nuestra vida. Dios nos ayuda amando en nosotros, orando en nosotros.

Comentario al n. 2585 del Catecismo

Ir a página de inicio       -      Volver a menú revista